No hay pica española en Flandes que no tribute angustias, noches de desvelos y batallas interminables –administrativas, eso sí- para lucir su obra y su prestigio. El Rijksmuseum, está en manos del estudio español de arquitectos Cruz y Ortiz, quien ya facturara intervenciones aplaudidas en el mundo como el pabellón de España en la Expo 2000 de Hannover, la nueva estación de ferrocarriles de Basilea o el Estadio Olímpico de Sevilla. Sin embargo, en esta ocasión, Cruz Y Ortiz se hallan embarcados en un crucero que tiene toda la pinta de haberse quedado al pairo. Una borrasca de ciclistas, seguida de una calma chicha provocada por el recorte en el gasto público holandés y un timón compartido a decenas de manos por una nutrida tropa de políticos, amenazan con congelar la brújula de este buque insignia de la cultura y el coleccionismo holandeses.
Un edificio que son dos: puente y museo
Todo empezó cuando en 2002 los sevillanos ganaron el concurso de proyecto de remodelación del Rijksmuseum. “Lamentablemente, nuestra propuesta inicial con la que ganamos el concurso, es decir la manera de acceder al Museo desde el pasaje, ha encontrado tantas resistencias externas e incluso alguna interna que ha sido finalmente abandonada”, explican los arquitectos. El Rijksmuseum es un imponente edificio de estilo ecléctico, con detalles neogóticos y neo-renacentistas, construido sobre el eje central del hemiciclo de canales navegables que estructuran el viario de Ámsterdam. Marca la frontera entre el centro histórico y los nuevos barrios que se iban abriendo al sur de la ciudad. Cuypers, su arquitecto, concibió una planta a nivel rasante atravesada por un amplio túnel o galería que permitiera a viandantes y conductores pasar de un lado a otro de la ciudad sin tener que perder el tiempo rodeando el majestuoso edificio.
Con la bici hemos topado
Tanto la Dirección del Museo, como los ministerios de Obras Públicas y de Cultura –gestores, propietarios del edificio y propietarios de la colección, respectivamente- se mostraron encantados con la idea. No así Fietsersbonds, quien se encargó de espolear a las autoridades del distrito municipal competente para que denegaran el permiso de obra.
Aquello sucedió entre 2003 y 2006, lo que empujó a los arquitectos Cruz y Ortiz a presentar una nueva fórmula en mayo de 2006. Esta segunda solución preveía reservar la galería central, el doble de ancha que las laterales, para los ciclistas. La entrada al museo ya no sería subterránea, sino a través de puertas situadas en la planta rasante en cada una de las naves laterales del túnel que atraviesa el edificio. Todos estuvieron de acuerdo. “Nunca nos había gustado la idea de entradas subterráneas”, añade Govert de With, “pues por las noches, durante el cierre de las mismas, pero al paso de toda clase de viandantes y ciclistas, hubieran supuesto un peligro ante la falta de iluminación. La gente se hubiera podido caer. O lo que es peor, se hubieran convertido en un refugio para indigentes y un no lugar”.
Sin embargo, coincidiendo con la llegada a la dirección del Museo de un nuevo responsable, Wim Pijbes, hace menos de un año y medio, Cruz y Ortiz presentaron en enero de 2010 una tercera propuesta, ligeramente más costosa que la segunda, pero que no ha encontrado obstáculos mayores. Se trata de dividir las alas de la galería en dos partes iguales. Una de ellas para los ciclistas, que se muestran satisfechos por obtener más espacio, mientras la otra es para los peatones y para la entrada al museo recuperando la escalinata hacia el vestíbulo de distribución en el sótano.
Vuelta a empezar
Pues bien, a día de hoy no está claro que la tercera solución sea la que termine por imponerse. Fuentes consultadas de la administración del museo advierten de que Wim Pijbes “puede cambiar de decisión en todo momento” al verle muchas orejas a muchos lobos. Se ha perdido tanto tiempo en discusiones que de pronto “la fecha de 2013 para la inauguración resulta cada vez más increíble”. Tanto ciudadanos como turistas se están acostumbrando a no pensar en el Rijksmuseum como atractivo para la ciudad, e incluso las guías turísticas anuncian que este museo lleva años cerrado. Como mínimo, las obras de la plenitud artística de autores como Rembradt, Ruysdael, Van Dick, Jan Steen, Vermeer o Frans Hals, habrán vivido 10 años sin ver el brillo de las miradas ajenas ante sí. A ello hay que añadir que ante los ajustes presupuestarios que impone la crisis financiera y económica mundial, la tercera solución sea demasiado costosa ahora. Se barrunta, pues, una vuelta a la solución número dos.

Los trabajos de remodelación que llevan a cabo Cruz y Ortiz en el Rijksmuseum son de orden integral. El objetivo es restaurar el interior tal y como Cuypers lo concibió, recuperando salas y luz exterior a través de los patios, pero también añadiendo un pabellón para albergar el arte asiático, un edificio-taller de restauración y un centro de estudios que permita salir del atraso logístico en el que se hallaba el Rijksmuseum. Y es que con su millón de visitantes anuales, aún está lejos del millón y medio de la Galería Uffizi de Florencia, de los 2 millones de la National Gallery londinense, los 2,5 millones del Museo del Prado de Madrid o los estratosféricos 8,5 millones de visitas del Louvre parisino.
“Esperamos alcanzar un resultado satisfactorio a pesar de la seria amputación del proyecto –la entrada desde el pasaje-”, señalan los arquitectos. Entre retrasos, problemas presupuestarios, exigencias ciudadanas y condicionamientos arquitectónicos, cabe preguntarse qué rédito obtiene un arquitecto de prestigio cuando se embarca en complicadas operaciones de reafirmación cultural como esta. Todos los problemas surgidos retrotraen a las complicaciones que supusieron iniciativas análogas en otros países como las del Museo de la Acrópolis en Atenas, el Prado en Madrid o el British Museum en Londres. “Si la arquitectura debe tener siempre un carácter de servicio público, yo diría que en este tipo de obras ese componente se hace aun mayor, es decir, el trabajo del arquitecto se concentra en mejorar un edificio existente, cumplir unos requerimientos específicos y adaptar el edificio a las nuevas demandas. En resumen, dotar al antiguo edificio de una nueva vida. Yo no diría que estas ocasiones permitan a un arquitecto el tener un gran lucimiento personal pero sí que ponen al límite las capacidades de un profesional”, resume Antonio Ortiz, que asegura querer aplicar una “arquitectura contemporánea sin abusar del contraste o la yuxtaposición de opuestos”.
Fernando Navarro Sordo
Europa451














