Dos visiones de Europa bien definidas se han enfrentado esta semana a cara de perro. Por un lado están quienes reclaman la primacía de la UE y su derecho sobre los Estados nacionales. Por otro, quienes desean seguir imponiendo particularidades estatales y recurrir a la resolución intergubernamental de los conflictos. “Ahora es momento de resolver el problema de la falta de medios de los gitanos”, requebraba el secretario de Estado francés Pierre Lellouche al sentirse acorralado por las acusaciones de estigmatización de los gitanos. “¡Que Luxemburgo acoja a los gitanos!”, reaccionaba un desairado Sarkozy como si la resolución de la cuestión no pasara por respetar primero el derecho comunitario.
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Nicolas Sarkozy ha querido estigmatizar –cámara de televisión al hombro- a los gitanos rumanos de las chabolas en Francia como excusa para presentarse como garante del orden y de las esencias francesas. Necesita seducir a un electorado francés ultraconservador y racista para recomponer su carrera política maltrecha.
A su vez, el Parlamento europeo ha usado el episodio de las expulsiones de gitanos en Francia como excusa para presentarse ante los europeos como el verdadero adalid de sus derechos fundamentales y de una Europa con rostro humano. Para ello, presionó a la comisaria de Derechos Fundamentales, Viviane Reding, durante una sesión muy tensa, con el fin de obtener garantías de que la Comisión velaría por el cumplimiento de los Tratados. Reding puso la mano en el fuego por el Gobierno francés, que le había asegurado que habían respetado el derecho comunitario en el episodio de las expulsiones.
Más tarde, Viviane Reding, conoció la circular del ministerio del interior francés –revelada por los medios de comunicación- en la que se instaba a la policía a ensañarse con los gitanos en particular. Se sintió engañada y responsable ante el Europarlamento de un engaño del Gobierno francés. Usó, pues, esta excusa del engaño para, a su vez, rebelarse contra la cultura de privilegios que ciertos Estados miembro como Francia imponen para beneficio propio en la UE. En un discurso si concesiones, Reding denunció el doble rasero de algunos países y la voluntad de los grandes Estados de doblegar el poder independiente de la Comisión europea. De paso, comparó la estigmatización de los gitanos por Francia con la estigmatización que sufrieron los romaníes durante la segunda guerra mundial. Paralelismo nada extravagante que pasó por la cabeza de multitud de ciudadanos, políticos y activistas por los derechos humanos.
Nicolas Sarkozy, al sentirse descubierto en flagrante engaño y posible delito contra derechos fundamentales, y acorralado por las instituciones y las opiniones públicas Europas, decidió buscarse una excusa, la suya en todo este embrollo. Esta fue la de declararse injuriado por la insignificante alusión de Viviane Reding a los episodios de la guerra mundial. Así pues, decidió subvertir la agenda de la cumbre europea de ayer, prevista para aprobar la creación de un gobierno económico europeo, sustituyéndola por un plebiscito a la búlgara entre sus pares jefes de gobierno, interesados en que prime el poder de los Estados sobre el de la UE.

La gran sorpresa que nos deparó el sainete de ayer en Bruselas fue el firme alineamiento de Jose Manuel Durão Barroso, hasta ahora conservador y dócil presidente de la Comisión, en la defensa de la postura de su comisaria Viviane Reding y de toda su Comisión europea. Por primera vez, Barroso le ha plantado cara de manera sólida a los Estados. Cumplía con su obligación, es cierto, pero hay que recordar que no siempre lo ha hecho con tal diligencia.
Este episodio marca una cesura en las relaciones de esta Comisión –y quizá de las que vengan en el futuro- con los Estados. No hay que perder de vista que desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, la acción de la Comisión y de su presidente se debe en igual medida a la fiscalización del Europarlamento, sede de los representantes directos de los europeos. Los comisarios van a buscar cada vez más la aprobación de los diputados que de los gobernantes, aunque no hay que hacerse ilusiones, pues aún dependen en gran medida de ellos, que son quienes los nombran.
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También Durão Barroso sorprendió con su defensa de la independencia de la Comisión. No tenía tanto que perder, pues ha alcanzado la cima de su carrera política, pero esto precisamente es una buena señal para quienes aspiren a fortalecer el poder político de la Unión frente a los Estados, pues Barroso ya no tiene por qué pagar favores y en los 4 años que le quedan en el cargo bien puede orquestar nuevos sainetes como el de esta semana para seguir impulsando la independencia de la Comisión europea frente a los nacionalismos de Estado.
Fernando Navarro Sordo
Europa451
Foto: socialeurope/Flickr; Consejo Europeo













