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INVESTIGACIÓN I El 11 de noviembre de 2009, el ejecutivo holandés propuso una nueva ley para regular la prostitución. El gobierno democristiano de Balkenende cayó en febrero pasado sin que aún haya sido sustituido. La modificación propuesta desea generalizar las limitaciones emprendidas ya en la ciudad de Ámsterdam por su ex alcalde socialdemócrata Job Cohen. Los nuevos equilibrios surgidos de las urnas el pasado 9 de junio con el liberal conservador Mark Rutte y el propio Cohen a la cabeza, seguidos muy de cerca por el xenófobo Wilders hacen prever cambios en esta cuestión. Balance de los diez años de vigor de la actual ley y avance de las posibles novedades.
En Holanda, la prostitución nunca ha sido punible penalmente. En 2000, se llegó a legalizar los prostíbulos, que habían sido declarados ilegales en 1911 para evitar la coerción hacia las trabajadoras del sexo. Desde hace 10 años estos y estas trabajador@s son “legales”. El espíritu de la ley consiste en adecuarse a la realidad existente: los burdeles nunca habían dejado de existir y se toleraban si no creaban problemas de orden público ni atraían criminalidad.

La ley holandesa en vigor trata a los trabajadores y trabajadoras del sexo como si fueran trabajadores de cualquier otro sector, en régimen de autónomos o de empleados. Esto significa que pagan impuestos y que en caso de interrupción involuntaria del contrato de asalariado tiene derecho a percibir la prestación por desempleo.

Ahora bien, “la prostitución se considera una profesión, pero no un trabajo apropiado. Las oficinas de empleo no pueden publicar ofertas de empleo de este sector, ni pueden actuar como intermediarias para puestos de trabajo en la industria del sexo”, informa la página web del consulado de los Países Bajos en Italia. Existe, pues, toda una serie de tutelas sobre el trabajo más liberal de la historia: para la prostitución callejera, los trabajadores tienen acceso a zonas de reposo y restauración, disponibilidad de preservativos, así como atención médica gratuita aunque no obligatoria (no debe imperar el mensaje según el cual la prostituta es vehículo de enfermedades, a pesar de los cuatro chequeos anuales a los que se someten). La profesión ejercida dentro de un local requiere licencia municipal, como para un coffe shop, según el espíritu neerlandés de respeto y delegación de poderes a la autoridad local. No se pueden negar licencias por motivos morales o éticas.
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No tan rojo como parece

Según datos del gobierno holandés, existen 25.000 trabajadores del sexo en el país repartidos entre cerca de 6.000 zonas de ejercicio. Se estima que dos tercios son inmigrantes: en los años setenta, la mayor parte provenía de Tailandia y Filipinas; en los ochenta de América latina. Tras la caída del muro de Berlín y más aún desde la ampliación al este de la Unión europea, vienen de Europa central y oriental. “Muchos dicen que entre el 60% y el 70% de los trabajadores del sexo son inmigrantes, ¿pero cómo asegurarlo? No existen registros. Muchas trabajadoras holandesas se emplean en sus apartamentos y no declaran su actividad. Yo misma tengo una madre alemana, ¿soy una ‘inmigrante’? No dudo, eso sí, que las víctimas de la trata de seres humanos sean inmigrantes”, nos comenta Marianne Jonker, de la asociación soaaids.nl, centrada en la prevención y los servicios sanitarios hacia los trabajadores del sexo.

La mayor parte de estos trabajadores, siempre según estadísticas del Ministerio de Asuntos Exteriores, se ejerce en clubes y burdeles (45%), otro 20% en las vitrinas públicas, el 15% en el servicio de las compañías de escort, y un 5% en la calle y en los apartamentos privados. La ley holandesa, considerada modélica, ha sido difícil y controvertida.

“Esta ley ha legalizado la parte comercial y ha convertido a las prostitutas en trabajadoras. El sistema administrativo ha reconocido la actividad comercial. Ahí está el problema: desde el momento en que creas un marco de normalización económica y laboral hay que hacer cuentas con los conceptos sociales, los intereses territoriales y con una fase, que debe ser flexible, de paso desde una industria clandestina a una situación de legalidad. Los burócratas holandeses son terribles por legalistas”, nos previene Licia Brussa, socióloga experta en inmigración y fundadora de Tampep, una oenegé nacida en 1993 y que atiende a inmigrantes que se dedican a la prostitución.

“Los primeros en hacer tonterías fueron los de Hacienda: ¿Cómo encontrar criterios fiscales para en tipo de empleo que es flexible y así debe quedar? Las trabajadoras del sexo quieren conservar su independencia porque la autonomía les garantiza integridad física y de decisión: no pueden trabajar a destajo y aceptar a cualquier cliente como si se tratara de un comercio corriente. Todo esto entra en conflicto con las leyes laborales, que otorgan horarios e imponen dependencias”. La legalización, pues, no ha sido clara ni homogénea. Es cierto que sacar del mercado negro tremendo negocio no se puede lograr de la noche a la mañana: “Los más veteranos se decían: ‘Me conviene, así gozaré de derechos sociales y podré usar mi dinero de manera legal’; sin embargo, las jóvenes, que a menudo sólo trabajan los fines de semana o durante unos meses, no quieren por nada del mundo entrar en un sistema legal”, desvela Brussa.

La vida en la prostitución es compleja

El mercado del sexo es muy voluble. Los costes para los trabajadores son altos. El precio del alquiler de una vitrina varía entre los 75 euros a los 150 diarios, según la zona. Las prostitutas trabajan por turnos: mañana-mediodía, tarde-noche. El precio de los servicios sexuales también son variables: “Entre 30 y 50 euros cada servicio completo en vitrina, y entre 25 y 50 en la calle”, nos detalla Jonker. “Y cuanto más desmejoradas están las chicas, menos se paga. A una media de 10 ó 15 clientes al día, piense en los costes reales: la vitrina “legal” tienen horarios de clausura, hacia las dos de la madrugada. Además, no se puede pernoctar en las vitrinas, con lo que la trabajadora debe alquilar una habitación en las inmediaciones. Piense en la especulación consiguiente. Y además están los costes del cuidado del cuerpo...”, va sumando sin agotarse Licia Brussa. Vistas las cifras y hechas las cuentas, después hay que pagar los impuestos.

Sarah (el nombre es ficticio) tiene 35 años y se inició en la prostitución cuando tenía 20 para saldar una serie de deudas importantes: “Al principio trabajaba en negro dentro de un burdel. En cuanto el Gobierno legalizó la actividad de los burdeles declaré mi actividad. Pagaba el 17,5%. No sabría decirte cuánto ganaba al mes con exactitud, pero trataba de ganar al menos  500 euros diarios, si no, no sentía que valiera la pena”.

Lee nuestra próxima entrega “El hundimiento de la prostitución en Holanda” el miércoles 15 de septiembre de 2010.

Francesca Barca
Europa451
Fotos: Mr. Tekhlan/Flickr

 


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