A Francia y Alemania le bastan –a pesar de todas las gesticulaciones y amenazas- con que cale la idea de que hay que arbitrar un sistema de sanciones para los malos alumnos que repitan las trampas que hizo Grecia en su día. A la Comisión europea le viene bien que se cuente con ella para investigar la solución formal al problema con tal de no pasar por reformar el Tratado, lo mismo que al resto de países de la UE. Por último, el Europarlamento se daría por satisfecho si los jefes de gobierno no descafeínan el grueso de las reformas propuestas por la Comisión europea ya visadas por la Cámara.
Empecemos por el principio. Lo peliagudo es superar un proceso de reforma del Tratado de Lisboa, pues muchos países requieren de referendos de resultado incierto: Irlanda, Francia o el Reino Unido. Además, cualquier modificación del Tratado exige el visto bueno de tribunales constitucionales en varios países, como la propia Alemania. “Este no es el principio”, me corrige Jyrki Katainen, ministro finlandés de finanzas, “todos nos manifestamos con mucha cautela en torno a la idea de reformar el Tratado, es cierto, pero lo primero es estar de acuerdo sobre lo que queremos hacer, el fondo de la reforma viene antes que la forma”.
Todos los Estados están de acuerdo con la necesidad de un mecanismo permanente anticrisis. Es más, incluso se habla de que los países fuera de la zona Euro se sumen a este mecanismo si lo desean. ¿Sanciones? “También, aunque algunos países no tanto, como Grecia”.
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Volviendo a lo último, nadie, salvo Alemania, desea una nueva reforma de los Tratados. Sólo el polaco Tusk y el sueco Reinfeldt la aceptarían con la boca chica y “si la reforma fuera diminuta”. Esta es una cuestión que no se resolverá antes del consejo europeo de invierno, en diciembre.
Fernando Navarro Sordo











