La reducción del tamaño del Estado
Algunos detalles de las reformas anunciadas son, por excesivamente simbólicas, de un ridículo digno de una carcajada si no fuera porque detrás se esconde la voluntad de justificar la desposesión del Estado de su papel equilibrador en la sociedad holandesa. La medida estrella del nuevo gobierno de Mark Rutte consistirá en reducir el número de escaños del Parlamento de 150 a 100, y del Senado de 100 a 75.
- Reducción del salario mínimo a largo plazo
- Disminución de la ayuda al desarrollo, que pasará del 0,8% del PIB al 0,7%
- Aumento de la edad legal de jubilación, de los 65 años actuales a los 66
- Disminución del número de cargos públicos en las administraciones provinciales y locales.
- Disminución del número total de funcionarios
- 800 millones de euros de reducción del gasto del Ministerio de Defensa.
- Reducción del gasto sanitario debido a consultas de psicología, psiquiatría y fisioterapia para ahorrar 1.200 millones de euros, con la excusa de que las enfermedades relacionadas no son verdaderas patologías, sino “inconvenientes” con cuyas consecuencias financieras deberán correr los afectados
Las necesidades de funcionamiento de una prisión
Podrían parecer lógicos, en un gobierno dominado por la ideología liberal, el prurito de ahorro público y la jibarización del Estado. Pero no hay que llevarse engaño, pues lo que se ahorran por un lado, se lo piensan gastar en medidas que van camino de convertir a los Países Bajos en un verdadero Estado Policial moderno, con las siguientes medidas comprometidas:
- Creación de 3.000 puestos suplementarios de policía
- Creación de un nuevo cuerpo de policía de protección de animales, dotado con 500 efectivos
- Creación de un cuerpo de policía nacional inexistente hasta la fecha
- Expulsión de los inmigrantes si cometen un delito punible con más de 12 años de prisión
- Continuación de las pruebas del avión de combate Joint Strike Fighter, programa dirigido por los Estados Unidos
Mucha libertad anestesiante y menos libertades tradicionales
Para tratar de esconder toda una batería de medidas liberticidas a manos de partidos pretendidamente liberales, los nuevos líderes de la nueva Holanda han agitado una serie de zanahorias destinadas a mantener las apariencias entre sus electores de ideales liberales. De este modo, ya no se prohibirá fumar tabaco en los bares de reducido tamaño. Tampoco se limitará la velocidad de conducción en autopistas a 120 kilómetros por hora, sino a 130. Esto irá acompañado de un plan mil millonario de inversión en carreteras públicas, una medida al gusto de los conductores de vehículos de gran cilindrada, precios al estilo alemán y despreocupación por la contaminación producida al gastar más gasolina. La población de la tercera edad, que ha propiciado en gran medida el rotundo éxito electoral del extremista Wilders, verá aumentado el presupuesto de atención social a la tercera edad en 1.000 millones de euros. ¿Alguien da más?
Sí, ellos mismos dan todavía más gusto a sus electores, aunque sea a costa de construir una sociedad mucho menos tolerante de lo habitual en los Países Bajos.
- Se prohibirá el porte del burka y del velo islámico en los espacios públicos
- Se reducirá un 50% la entrada legal de inmigrantes
- Transformación de los coffee shops en donde se permite fumar marihuana y hachís en clubes privados a los que sólo podrán asociarse los ciudadanos holandeses
- Prohibición del matrimonio entre primos hermanos
Europa se radicaliza
Para la presentación de esta musculosa batería de reformas de una derecha envalentonada, Mark Rutte, previsible futuro primer ministro neerlandés, se ha apresurado a insistir en que el nuevo gobierno y sus medidas persiguen antes que nada atajar la crisis en los Países Bajos. Sabe bien que van a levantar suspicacias en los demás Estados europeos y, sobre todo, entre los electores de su propio Partido Liberal Conservador, que no ven con buenos ojos su alianza de circunstancias con Geert Wilders.
En todo caso, asistimos al encumbramiento de otro gobierno europeo desacomplejado en sus políticas represivas, tras los desmanes en la Italia de Berlusconi, la Francia de Sarkozy, o la Hungría de Víktor Orban. Por paradójico que suene, quizá no haya mejor noticia a medio plazo para una izquierda europea en franca ausencia y decadencia que una derecha pura y dura haciendo de las suyas. De momento, la reacción de Verdes y Socialistas se ha limitado a señalar la falta de reformas estructurales del sistema económico y el exceso de gesticulación ideológica de los nuevos dirigentes del país.
Fernando Navarro Sordo
Europa451
Fotos: Marie II / Flickr ; Pitorescue / Flickr












