Nunca hasta entonces el Europarlamento habrá gozado de tantos poderes, legislando casi en pie de igualdad con el Consejo, es decir, con los representantes de los 27 gobiernos nacionales. Esta consagración se la debe al Tratado de Lisboa, en vigor desde diciembre de 2009.
Desde ahora, los eurodiputados tendrán voz en la política exterior de la UE y deberán ser informados con puntualidad de las negociaciones internacionales, sobre todo las concernientes al comercio internacional. También podrán elevar objeciones a la legislación que se prepare en la Comisión europea si entienden que se viola el principio de subsidiaridad. A esto se sumará su nuevo derecho a acceder a las reuniones y los documentos de trabajo relacionados con las iniciativas legislativas y las cuestiones de presupuesto comunitario. Lo mismo sucede con la documentación clasificada como confidencial. Es más, la Comisión europea deberá reunirse con los líderes de cada grupo parlamentario antes de adoptar su programa anual de trabajo.
No valoramos lo que no pagamos
Aunque de forma oficial el Parlamento europeo haya alcanzado la mayoría de edad, la realidad es que la democracia europea sigue siendo inmadura. La regla de oro del parlamentarismo occidental ha sido siempre el clásico “No hay impuestos sin representación” (No taxation without representation). Esta norma obliga a que las personas que pagan impuestos tengan derecho a ser representados en un parlamento.
Sin embargo, en la Unión europea rige la norma contraria: el Parlamento representa a los ciudadanos sin que estos paguen impuestos europeos y sin que el Parlamento tenga voz en las decisiones sobre fiscalidad en Europa. Esta democracia sin contraprestaciones duras no interesará nunca al ciudadano medio, pues éste no se ve exigiendo a los parlamentarios cuentas sobre el gasto de una hipotética contribución económica. No hay nada que nos haga más exigentes que pagar por un servicio, y la democracia es el servicio colectivo más valioso que tenemos entre manos.
En segundo lugar, la independencia de los políticos europeos con respecto de los partidos nacionales es casi nula. El presupuesto de los partidos políticos europeos depende en su práctica totalidad de los partidos nacionales y es irrisorio. La primera consecuencia es que para organizarse deben plegarse a las directrices de las matrices en cada Estado. La segunda es que a menudo el voto de los europarlamentarios es incomprensible, pues la mayoría de las veces se vota no según la ideología que se representa sino los intereses del país del que se proviene como parlamentario. Las más de las veces vemos a la mitad de los socialistas votando con los populares, a los comunistas coincidiendo con el voto de los nacionalistas de derechas, a los liberales con los verdes… Las cartas parecen mezcladas y la democracia se vuelve imprevisible para el ciudadano de a pie.
Como un joven aún sometido a las inestables condiciones de la pubertad, la democracia europea da bandazos en busca de identidad propia, verdadera independencia de criterios y estabilidad afectiva. Su comunicación es aún de chico bueno que se aviene a razones paternas, su dependencia económica de los Estados diluye en la indefinición todo discurso que reivindique su autonomía, la inconsistencia ideológica de sus representantes les empuja a acostarse cada día con un amante político distinto. En definitiva, la UE no se comporta aún como una democracia madura.
Fernando Navarro Sordo
Europa451











