En los últimos 20 años, el presupuesto de la Unión se ha quedado en torno al 1% del PIB, mientras que el los Estados alcanza en ocasiones el 20%. Esta falta de recursos explica muchas de las ausencias y omisiones de las políticas europeas. Este dinero del presupuesto comunitario sale directamente de las arcas nacionales sobre lo que se recauda del Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA).
Ideas no faltan
Hoy, la UE propone tener recursos propios recabados a través de impuestos propios. De momento no sugiere aumentar los 123.000 millones de presupuesto del que dispone, aunque es evidente que gestionando sus propios impuestos, la recaudación variará cada año en relación a la actividad tasada. Y en todo caso, que nadie se lleve las manos a la cabeza: “No se trata de un aumento de impuestos”, advierten los promotores de la iniciativa.
Sobre la mesa hay muchas posibilidades. Por ejemplo, una mini “tasa Tobin” a escala europea que grave las transacciones financieras, como reclaman altermundialistas, socialistas, verdes y más de un liberal. Pero también podría bastar una porción del IVA desglosada en cada factura; es decir, que en cada recibo de compra figurarían separados y detallados los importes de la tasa del IVA correspondiente al Estado nación y la correspondiente a las arcas de la Unión.
Otros mecanismos de recaudación europea avanzados son la venta de derechos de emisión de CO2, un impuesto sobre el beneficio de las empresas o incluso una tasa sobre la aviación.
Una carrera de obstáculos y varias recompensas
Lo que puede parecer una evolución natural en toda entidad política, como lo es la Unión europea, conlleva riesgos y oportunidades. En el capítulo de los lobos, cabe imaginar que la ciudadanía europea verá con ojos aún más severos la construcción europea al darse cuenta por fin de que contribuye de manera directa al presupuesto de las políticas europeas. Otro peligro tangible es la probable oposición de países como Irlanda, Chequia o Reino Unido, pues la reforma implica cambiar el Tratado de Lisboa a solo un año del último de los referendos que retrasaron 5 años el fortalecimiento de la UE.
Entre las ventajas están que la UE tendrá manos libres para distribuir los recursos según las políticas que desee desarrollar con autonomía. Esto eliminará las disputas nacionalistas entre la Unión y los Estados que se quejan de que no se invierte en ellos lo suficiente, como el Reino Unido o los países del Este. Se acabaría pues, la ganga del cheque anual de 4.500 millones de euros devuelto al Reino Unido. Por último, y no menos importante, una vez los ciudadanos paguen impuestos directamente a la Unión, por fin se interesarán –que viene del término “interés”- por la política europea, fiscalizando a sus representantes y fortaleciendo el necesario debate político europeo. Cabe suponer que, si la distribución de los recursos europeos depende más de las sensibilidades políticas presentes en el Europarlamento y la Comisión, los partidos políticos europeos van a ganar en independencia y poder.











