“Si en la globalización hubiere de haber ganadores y perdedores, la UE debe asumir reformas de calado para evitar estar entre los perdedores”, señala el ex dirigente español, después de subrayar que el espacio europeo no ha dejado de perder relevancia global durante los últimos 20 años. En efecto, la caída del muro de Berlín, los atentados del 11-S y el impacto transformador de la revolución tecnológica han propiciado que nuestro continente no sirva ya de área de contención, faro de modernidad y centro de producción. Europa, pues, ya no es la prioridad inversora de las demás potencias, ni ocupa una centralidad geopolítica, demográfica y tecnológica que obligue a todo inversor global a pasar por sus calles.
Esta realidad fundamenta el “sentimiento de frustración” que viven los europeos que, además, han perdido de vista para qué sirve la UE. “Hay una falta respuesta a una pregunta esencial: la suma de las 27 partes no hace comprensible qué Europa queremos”. No sin un punto de grandilocuencia, González sugiere una respuesta sucinta: Europa debe “participar de manera influyente en el gobierno de la globalización”. ¿Cómo? Su decálogo:
- “Mantener nuestro modelo”, costoso, “exige buscar vías de financiarlo, y eso es lo que los dirigentes europeos no se toman la molestia de explicar a sus ciudadanos”. Lo primero es la pedagogía. El Estado del Bienestar no lo ha dispuesto la providencia, sino una realidad de posguerra en los años cuarenta y cincuenta que contaba con una dinámica de reconstrucción, un bonus demográfico y una especialización industrial pertinente. Hoy, la realidad ha cambiado y es menester buscar nuevas palancas para financiar el Estado del Bienestar, reto que sólo se lograría involucrando a los ciudadanos en lo delicado de la situación.
- “Los asiáticos sienten que el futuro es suyo y van directos a por él.” Europa se comporta de un modo demasiado conservador. Mira solamente hacia un pasado que idealiza y desea proteger, sin concentrase en cómo adaptarse a los cambios del presente para garantizar su modelo en el futuro. Sería preferible mirar al futuro de un modo más ambicioso y optimista. India y China parecen estar ocupando el espacio que liberan Japón y la UE.
- “En nuestra cultura, preferimos ayudar a un hijo a que se compre un piso antes que echarle una mano para que monte una empresa.” El conservadurismo sociológico europeo se manifiesta antes que nada en una cultura del riesgo casi inexistente. Sin riesgo, no hay ganancia, ni oportunidad para adaptarse al cambio. “No sólo tenemos miedo al riesgo, sino que tememos aún más que lo practiquen los hijos.”
- “Educamos a las nuevas generaciones para la pasividad”, sostiene este socialdemócrata. Sería, pues, necesario reformar el espíritu de nuestros sistemas educativos, de formación profesional y universitario para que las nuevas generaciones desembarcaran en la edad adulta con una “conciencia de oferta”, en vez de la “conciencia de demanda” generalizada en los países del sur europeo. “Tenemos muchos conocimientos, pero no sabemos cómo aplicarlos.” ¿Cuántos empresarios han enviado a sus hijos a universidades carísimas a completar estudios con múltiples másteres para que luego sus vástagos no sepan sacarle rendimiento a las empresas que heredan? “Sólo sabemos esperar a que otro nos resuelva la vida.” A menudo, cuando un emprendedor europeo fracasa en un intento, suele echarle la culpa al sistema. En los Estados Unidos, en cambio, el fracaso apela al orgullo del emprendedor, quien se lo toma como una cuestión personal que debe superar volviéndolo a intentar.
- “La peor rigidez europea no es la laboral, sino la corporativa.” En nuestro continente hay algo que huele a podrido. Hay una relación demasiado estrecha entre el poder político y el poder económico y financiero. ¿Se darán por aludidos Zapatero y sus 30 empresarios el sábado 27 de noviembre? Si comparamos las 30 mayores empresas en 1980 y 2010 en los Estados Unidos y Europa, comprobaremos que allí el 75% son nuevas, mientras que aquí sólo lo es el 25%. “Esta rigidez es similar a la de la cultura japonesa, en donde la jerarquía vertical es sagrada y en donde el mayor pecado es que a un empleado se le ocurra una buena idea que no haya tenido antes su jefe.”
- “Los salario deben estar ligados a la productividad por hora trabajada.” Con esto, González propone que los europeos dejen de preocuparse por trabajar mucho o poco, sino por ser más eficaces en el trabajo. Lo importante no es quedarse en la oficina hasta las diez de la noche.
- “La crisis actual es el resultado de la ausencia de la política.” Los políticos han dejado hacer a los mercados a su antojo, y ni siquiera han querido trasladar a la sociedad valores contrarios al cortoplacismo inherente al casino financiero global que ha surgido en los últimos 15 años. En este sentido, “hay que redefinir el liderazgo político y la función de la política.” Los líderes de la nueva Europa deben evitar parecer mercenarios que actúan en propio beneficio, saber hacerse cargo del estado de ánimo de sus ciudadanos, transformarlo, no dejar que el fracaso o el éxito influya en su fortaleza emocional, saber coordinar equipos de caracteres fuertes y, sobre todo, “que su ideología no sirva de coraza para esconder una carencia de ideas”.
- “El ciudadano europeo identifica con facilidad el funcionamiento de las instituciones de su país, pero no las de la Unión.” Y es que para que la ciudadanía se embarque en el debate político europeo con el fin de que identifique sus intereses colectivos, es imprescindible que el Ejecutivo y el Legislativo europeo clarifiquen sus roles. ¿Alguien sabe quién es la oposición y quién el gobierno en la UE? ¿Es posible identificarse con una democracia sin esta dualidad que sirve para implicar a la gente de a pie en los asuntos públicos?
- “Estudiemos la Historia al revés.” Las nuevas generaciones tienen dificultad en ceñir la identidad europea. “¡Es natural!”, resume quien fuera el responsable del grupo de sabios europeos para la Europa de 2020 y 2030, “cada año empiezan la Historia en el colegio desde la Antigüedad y nunca da tiempo a llegar a la era contemporánea”. ¿Por qué no estudiar la Historia comenzando por la más reciente y tirando del hilo, cual Ariadna en el laberinto de la vida, ir descubriendo las causas que explican que seamos quienes somos? “Sería más divertido.”
- Sin ejército europeo, nadie nos tomará en serio. Se trata de una de las reflexiones más insistentes de Felipe González. Considera un despilfarro los compromisos de ayuda a la reconstrucción post-conflictos –como los Acuerdos de Oslo entre Palestinos e Israelíes- si luego Europa no es capaz de proteger lo reconstruido con su dinero, como en efecto sucedió con la segunda intifada de la década de 2000. “En Europa hay más de 1.400.000 soldados, pero somos incapaces de tener una fuerza de interposición de 100.000 hombres para garantizar la paz en los territorios que ayudamos a reconstruir.”
El libro, Mi idea de Europa, editado por RBA Editores, puede ser adquirido en librerías desde el mes octubre de 2010.
Fernando Navarro Sordo
Foto: scorci democratici/Flickr
















