De hecho, ha habido medios de comunicación e intelectuales que se han solidarizado con las víctimas de la publicación de las famosas fichas diplomáticas confidenciales estadounidenses: es decir, con los gobiernos. “No creo en un mundo en el que topo sea transparente. La diplomacia tiene derecho a un grado de confidencialidad”, aseveraba en las cadenas de radio el filósofo francés Bernard Henri-Lévy. El semanario Newsweek, siempre en su línea conciliadora con los intereses del mundo angloestadounidense, señalaba ayer como principal peligro de las filtraciones “la amenaza que penderá sobre la transparencia, primera víctima de estas filtraciones”.

La realidad es que la mayor amenaza contra la libertad pende sobre Julian Assange y su equipo de investigadores. “Un día normal en mi vida no es un día normal”, declara a menudo Assange para explicar el estilo de vida a lo Han Solo al que está sometido. Acosado por equipos de investigadores del Pentágono y el FBI estadounidenses, pensó que sería preferible para su seguridad mudarse a los locales del Partido Pirata en Suecia. Sin embargo, en agosto de 2010, se abrieron en este país diligencias en su contra y una investigación preliminar por un supuesto delito de acoso sexual contra dos mujeres.
Desde entonces, vive en paradero desconocido. Una fatua anónima e informal dirigida contra su persona le obliga a desplazarse de incógnito cada pocos días para escapar de la Justicia y driblar las interceptaciones de sus comunicaciones, todas ellas, en todo caso, protegidas bajo un estricto código encriptado. Este “periodista-activista” que hoy debe moverse con protección de guardaespaldas fue en su juventud el hacker informático llamado Mendax. Hoy, no quiere ni oír hablar de ese pasado, pues sostiene “que se usa para minusvalorar mi actividad periodística”.
Wikileaks, con su Assange a la cabeza, ha puesto en jaque la cultura política de la opacidad. Si gobiernos y empresas pensaban que el mito del Gran Hermano sólo era posible en un sentido, el de vigilar la vida y las comunicaciones de los ciudadanos, el nuevo periodismo activista de Wikileaks ha planteado las bases de la igualdad en este terreno. También los gobiernos deben ser vigilados. “La transparencia crea una mejor sociedad para todo el mundo. Una mejor vigilancia permite reducir la corrupción y hacer más fuertes a todas las instituciones de la sociedad, incluidos los Gobiernos, corporaciones y todo tipo de organizaciones. Unos medios periodísticos vibrantes, sanos e inquisitivos desempeñan un papel vital en alcanzar esos objetivos. Somos parte de esos medios”, reza la presentación de su página web.
Fernando Navarro Sordo
Fotos: leStudio1.com/flickr; Thomas Duchnicki/Flickr












