
Además, Serbia no dispone ni de lejos de una economía de mercado competitiva y capaz de hacer frente a las fuerzas del mercado interior de la Unión. “Ni siquiera a medio plazo”, asegura la Comisión europea. El propio Estado serbio se encuentra aún fragilizado, por lo que ha vuelto a retrasar o suspender la privatización de las numerosas empresas colectivas heredadas de anteriores regímenes y sus empresas públicas. En el plano macroeconómico, a pesar de que sus exportaciones se han reactivado y la economía ha vuelto a crecer en 2010, el mercado de trabajo sigue degradándose. Con todo, progresa en su lucha contra la corrupción y la criminalidad organizada, lo que empuja a Stefan Füle, comisario de Ampliación, a afirmar que “Serbia tiene reservado un lugar en la Unión europea”. Eso sí, no antes de quince años.

La UE sólo ve pequeños detalles que corregir: la pesca de la ballena, el respeto precario del medioambiente, la deficiente seguridad alimentaria y la pobre cultura fitosanitaria del islote rocoso. Nadie quiere ver lo más importante y delicado: el rechazo de la opinión pública islandesa a la adhesión. Sólo un 26% de los islandeses la apoya a día de hoy.

Cada vez son más convincentes las demostraciones y declaraciones de la población y los dirigentes turcos sobre la no necesidad de adherirse a la Unión y mantener una autonomía total que les permita ejercer el papel de rodamiento natural y geopolítico entre Oriente Medio, el espacio post-soviético, Occidente y África. Llevarse bien y ser la correa de transmisión comercial, económica y política de estas cuatro regiones del mundo les puede reportar grandes beneficios, para lo cual deben cultivar una neutralidad y una independencia escrupulosa. Sin confesarlo en voz alta, las autoridades europeas ven con buenos ojos esta evolución de las relaciones con los herederos del Imperio Otomano. Es la seguridad militar y energética de los europeos la que está en juego.
Fernando Navarro Sordo














