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CRÓNICA I En mitad de una intervención del socialista alemán Martin Schulz, no se le ocurrió otra cosa al eurodiputado ultranacionalista británico Godfrey Bloom que soltar la célebre consigna de Adolf Hitler: “Ein Volk, ein Reich, Ein Führer”. Se armó un revuelo inédito y ya fue imposible proseguir con la sesión.
Los ultranacionalistas británicos del UKIP son especialista en dar la nota en el Parlamento Europeo. A su favor está su denuncia sin desmayo de la pobre calidad de la democracia europea. En su contra juegan unos modales cuanto menos rudos en los que se mezclan insultos y un uso perverso de los medios democráticos para esconder su verdadera falta de fe en la democracia parlamentaria europea.

Lo ocurrido el 24 de noviembre de 2010 en Bruselas no tiene parangón. Godfrey Bloom, eurodiputado ultranacionalista británico inserto en el grupo político europeo Independencia y Libertad, tildó de nazi de manera evidente al socialdemócrata alemán mientras este usaba del turno de palabra. Schulz se interrumpió y tradujo los términos de Bloom para que todos estuvieran al corriente del insulto y solicitó del presidente de la Cámara, el conservador Jerzy Buzek, que le reprendiera y le exigiera disculpas ante toda los colegas de profesión.

Así hizo Buzek, pero sin resultado. Lo único que logró es que Bloom recuperara el micrófono para echar más leña al fuego y llamara “fascista” a Schulz. ¿El resultado? Tarjeta roja y expulsión directa según el reglamento de la cámara, que no admite propósitos insultantes entre parlamentarios. Schulz, sentado en su banca, parecía noqueado y al borde de las lágrimas.
La cosa no quedó en eso. Numerosos diputados de la extrema derecha europea, casi todos contrarios a la construcción europea, se apresuraron a protestar y a exigir que Bloom pudiera estar presente para la importante votación que debía efectuarse. Más tarde, Bruno Gollnish, del Frente Nacional francés, y un acerbo euroescéptico, enviaría una nota a los diputados detallando que “hubiera votado junto con los socialistas en la votación prevista si no fuera porque decidí boicotear la sesión y marcharme tras el lamentable episodio de totalitarismo social-europeo que acabamos de vivir”. Mario Borghezio, Nigel Farage, etc.: la flor de la ultraderecha europea enchaquetada arroparon a Bloom para regresar.

De inmediato, la presidencia, ocupada ahora por el liberal Edward McMillan-Scott, volvió a solicitar de Bloom una disculpa, a lo que este contestó –con la voz aún más alterada- que había “sido elegido por los votantes “ y no se marcharía como no le echaran las fuerzas de seguridad del Parlamento. Para defenderse, Nigel Farage insistió en que “hay dos varas de medir: una para Schulz y otra para los demás”, pretendiendo que Martin Schulz a menudo tilda de “locos” o de “fascistas” a sus adversarios y nunca se le amonesta. El caso es que a Schulz se le ha tachado de Nazi, lo cual hiere particularmente el orgullo de cualquier ciudadano alemán que se precie de demócrata tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

La inmensa mayoría de la Cámara jaleaba la decisión de expulsar a Bloom de la sala, lo que sucedió finalmente, durante una suspensión momentánea de la sesión.
Fernando Navarro Sordo

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