Lo ocurrido el 24 de noviembre de 2010 en Bruselas no tiene parangón. Godfrey Bloom, eurodiputado ultranacionalista británico inserto en el grupo político europeo Independencia y Libertad, tildó de nazi de manera evidente al socialdemócrata alemán mientras este usaba del turno de palabra. Schulz se interrumpió y tradujo los términos de Bloom para que todos estuvieran al corriente del insulto y solicitó del presidente de la Cámara, el conservador Jerzy Buzek, que le reprendiera y le exigiera disculpas ante toda los colegas de profesión.
Así hizo Buzek, pero sin resultado. Lo único que logró es que Bloom recuperara el micrófono para echar más leña al fuego y llamara “fascista” a Schulz. ¿El resultado? Tarjeta roja y expulsión directa según el reglamento de la cámara, que no admite propósitos insultantes entre parlamentarios. Schulz, sentado en su banca, parecía noqueado y al borde de las lágrimas.
De inmediato, la presidencia, ocupada ahora por el liberal Edward McMillan-Scott, volvió a solicitar de Bloom una disculpa, a lo que este contestó –con la voz aún más alterada- que había “sido elegido por los votantes “ y no se marcharía como no le echaran las fuerzas de seguridad del Parlamento. Para defenderse, Nigel Farage insistió en que “hay dos varas de medir: una para Schulz y otra para los demás”, pretendiendo que Martin Schulz a menudo tilda de “locos” o de “fascistas” a sus adversarios y nunca se le amonesta. El caso es que a Schulz se le ha tachado de Nazi, lo cual hiere particularmente el orgullo de cualquier ciudadano alemán que se precie de demócrata tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
La inmensa mayoría de la Cámara jaleaba la decisión de expulsar a Bloom de la sala, lo que sucedió finalmente, durante una suspensión momentánea de la sesión.














