El bando de los desenmascarados trata de recomponerse con la mayor rapidez y reflejos para darle la vuelta a la situación y aprovechar el escándalo del Cablegate –como se conoce en el mundo anglosajón- para denunciar una prensa molesta a la que tacha de irresponsable y peligrosa para las vidas humanas y la seguridad de los Estados concernidos –sobre todo de los Estados Unidos-. “Es un ataque a la autoridad democrática”, gesticulaba, ceñudo, François Baroin, recién nombrado ministro de la Presidencia francesa.

Lo cierto es que la única víctima de la publicación de las fichas secretas de la diplomacia estadounidense es el cinismo de los Estados. Hemos descubierto que mientras el gobierno socialista español sacaba las tropas de Irak, también presionaba al poder judicial para que no se investigara la muerte del periodista José Couso a manos de militares norteamericanos. Ahora sabemos que el Gobernador del Banco de Inglaterra teme que la crisis del Euro refuerce la unión política en la UE y dañe los intereses del Reino Unido. Ha quedado claro que Nicolas Sarkozy es el “más proamericano” de los presidentes de Francia. Tenemos por fin la prueba fehaciente de que los Estados Unidos no se fían de la ONU y por eso la espían.
“Todo el mundo sabe que son simples opiniones que sólo conciernen a quienes las firman”, trataba ayer de mitigar Hillary Clinton en un memorable ejercicio de cinismo y traición a sus propios agentes. Claro que ese es el concepto del patriotismo de quienes no creen necesariamente en la igualada entre naciones. Pero es que además, la afirmación de la Secretaria de Estado norteamericana es falsa. Reposa en la falacia de que sus diplomáticos son entes ajenos a todo control por parte del Estado. No es así: estas “opiniones” tienen en el día a día del trabajo de su ministerio el valor de verdaderas informaciones, se presentan con el formato de informaciones confidenciales y están producidas por informadores profesionales –no tertulianos u opinionistas que pasaban por tal o cual embajada de casualidad- formados a tal efecto por los Estados Unidos de América.
Los ciudadanos que luchan por una Unión europea más democrática y transparente saben lo que es el lenguaje políticamente correcto. Por eso intuyen que las filtraciones de wikileaks levantan el pesado velo que usan las élites para separarse de los electores. Desde el lunes pasado, se escuchan muchas voces anunciando el apocalipsis de la diplomacia como se viene ejerciendo hasta ahora, es decir, tal y como la definió en su día Henry Wotton: “Mentir por su país”. Sin embargo, esto no va a cambiar, o muy poco. Y lo único que harán los ministerios de asuntos exteriores será modernizar sus sistemas de comunicación. Lo que sí va a cambiar es el periodismo, entregado desde hace más de una década a los intereses de los gobiernos y las corporaciones privadas.
La ola de interés por la cosa pública que ha despertado la filtración de Wikileaks en la ciudadanía, no se vivía desde los tiempos de la Invasión de Irak. Si se fijan ustedes bien, no ha habido ninguna organización ciudadana global o nacional relevante que haya levantado la voz contra estas filtraciones. La sociedad civil está encantada con esta terapia de la verdad por delante. Esta disposición favorable marca la temperatura a la que los medios de comunicación deberán ejercer su oficio investigativo en el futuro para volver a ser rentables: garantizar la transparencia de las instituciones democráticas. Sólo un veneno puede evitar esta nueva revolución del periodismo: que los gobiernos, para amansar a los medios del mundo entero, paguen las deudas de éstos, que son ingentes. Para lo cual habrá que estar vigilantes.
Hillary Clinton, de nuevo para echarle agua al cáliz de la humillación sufrida tras desvelarse las vergüenzas de su diplomacia, recomienda a los suyos “volver a nuestros asuntos y no darle más importancia a un lenguaje normal entre diplomáticos”. En efecto, el lenguaje que usan los diplomáticos y los políticos entre sí no es el que le dedican a sus electores. El que usan con sus electores sirve para destacarse moralmente de ellos, no para comunicarles la verdadera dimensión de los retos políticos de su tiempo.
La primera consecuencia que tanto electores como periodistas debemos aplicar es la de nunca más tomar a un diplomático por fuente fiable de información. No dejar entrar a estos agentes nunca más en nuestras redacciones. No descolgar el teléfono cuando llamen. Ignorar su empleo por poco valioso informativamente hablando, y remitirnos, como es debido a los hechos, a los documentos y a las declaraciones contrastables.

Ahora bien, se impone contestar sin dilación a una cuestión urgente: ¿Va a tener que vivir Assange como Bin Laden el resto de sus días? ¿Es justa la fatua anónima e implacable que todos vemos caer sobre las vidas de los activistas de Wikileaks? El peligro que las filtraciones tienen para los gobiernos no es el contenido mismo de la información, sino la posibilidad constante de ser vigilados hasta en sus propias cocinas, lo mismo que los gobiernos vigilan a los ciudadanos a través de las llamadas telefónicas, las cámaras de vídeo en las calles, los sensores de GPS y demás tecnologías llamadas sucias por dejar siempre un rastro de quienes las usan. Las élites que gobiernan el mundo se van a sentir más desnudas que nunca y buscarán medios para protegerse. El primero, desde la noche de los tiempos, es la simple represión de la libertad y de las vidas.
Como anunciaba en 2006 el propio Julian Assange en su obra Teoría Subyacente, “las filtraciones no son un modo de exponer injusticias, sino un arma para dañar a los grupos organizados que conspiran para obtener y mantener el poder. Las líneas internas de comunicación seguras son requisito imprescindible de cualquier conspiración; el escape de datos desde estas redes cerradas, esqueleto de los grupos de poder, no sirve simplemente para exponer sus nefandas actividades, sino que dificulta (al hacer más arriesgada) la comunicación entre co-conspiradores. Las filtraciones matan la comunicación secreta, y con ella estrangulan la coherencia de las élites”. Aparte de esto, ¿alguien sabrá moralizar unas filtraciones que permiten a los ciudadanos del mundo entender mejor las relaciones entre la primera potencia del mundo y los aspirantes a quitarle el puesto?
Fernando Navarro Sordo
Fotos: US Army; Jaume D’Urgell/Flickr; Sergio m. Mahugo/Flickr; R_SH/Flickr
















