Tal es la actitud de los conservadores británicos, que este año han aprovechado las numerosas ocasiones para echar agua al vino de la construcción europea. Si ya antes de llegar al cargo había desgajado a los eurodiputados Tories del grupo del Partido Popular Europeo, para conformar un grupo propio, más a la derecha y con un marcado cariz euroescéptico –el ECR- ahora acumula éxitos con sus propósitos antientusiastas.
Enterrado el aumento del presupuesto europeo
David Cameron, primer ministro británico, lo tenía claro al desembarcar en Bruselas para asistir al Consejo europeo de otoño y se fue derecho a las cámaras de TV de su país para explicarlo con gran aparato. “Es un escándalo que el Europarlamento pretenda aumentar el presupuesto comunitario para 2011 un 6%, mientras todos los Estados estamos aprobando durísimos planes de austeridad para contrarrestar el crecimiento de los déficits y las deudas públicas.”
Lo que no decía Cameron es que la UE goza de un presupuesto raquítico del 1% del PIB comunitario, ridículo si se compara con el presupuesto federal de los Estados Unidos, del 20% del PIB. Tampoco explicaba que un aumento del presupuesto europeo no implicara más gastos, pues el dinero sale de momento siempre de las arcas del Estados. Lo que no se transfiera a la UE se seguirá gastando, sólo que por las administraciones nacionales. Por último, Cameron olvidaba que un par de días antes, el consejo europeo de ministros de economía y finanzas había rebajado las pretensiones del Parlamento hasta dejarlas en un máximo del 2,9%.
Autonomía financiera negada
Esto ha provocado el enfado de la mayoría del Europarlamento y la prórroga, por primera vez en 20 años, del presupuesto comunitario de un año para otro: 2011. Es más, en el Consejo europeo de invierno, Cameron incluso ha convencido a Alemania y Francia para que el presupuesto no aumente más que la inflación de aquí a 2020. ¿Cómo lo ha logrado? Usando este tema, que no estaba en la agenda del Consejo, como moneda de cambio para dar su apoyo a los otros grandes países para la creación de un fondo permanente de rescate financiero destinado a las economías europeas en dificultades, como la griega, la irlandesa, la portuguesa, la española o la italiana.
Junto a ello, Cameron también ha desintegrado la idea de crear un impuesto europeo, tal y como proponían la mayoría del Europarlamento y la Comisión europea. Según estos últimos actores, la posibilidad de una tasa sobre transacciones financieras o sobre emisiones de C02, o bien un tramo suplementario del IVA, permitiría a la UE dotarse de recursos propios y no necesitar de los Estados para financiarse, lo cual aliviaría a corto plazo las arcas nacionales.
Ruptura de la solidaridad
La última jugada de David Cameron ha sido transigir en la creación del mecanismo de rescate financiero permanente y de un mecanismo de supervisión –la famosa gobernanza económica europea- a cambio de que el Reino Unido no esté sometido a la obligación contribuir al esfuerzo colectivo de ayuda a los Estados con dificultades financieras. Los principales damnificados potenciales son sus vecinos Irlanda y Portugal, tradicionales aliados geopolíticos, pero también los países del Este, que han gozado de las ayudas europeas en mucho menor medida que los del sur en los años ochenta y noventa. Dicho esto, cabe matizar con un dato importante: a partir de 2013, España pasará a ser contribuyente neto al presupuesto de la UE, lo que liberará numerosos fondos para su uso en los países de reciente adhesión.

A menudo, en el continente europeo se menosprecia el supuesto desinterés de los británicos acerca de los temas europeos. No obstante, esta incuria es un mito. El ciudadano británico es, con toda seguridad, de los que más integrados están en el debate político europeo. Y es que la prensa británica realiza su labor de generar opinión a la perfección. Es de las que más informan sobre las decisiones y la agenda europea, y es también de las que más opinión imprime acerca de la Unión. Casi cualquier británico tiene una opinión sobre la UE, extremo no siempre verificable en los demás países del club de los veintisiete.
La particularidad del Reino Unido estriba en que su opinión pública está secuestrada por una prensa mayoritariamente euroescéptica, en manos de los tabloides populistas y nacionalistas, y de los medios del magnate Rupert Murdoch, claramente alineado con visiones que interesan a los Estados Unidos, poco proclives a un refuerzo de la construcción europea. A ello, ahora, hay que sumar al nuevo gobierno de David Cameron, que ha sobrepuesto su visión provinciana y desconfiada de Europa a la de sus socios liberales, dirigidos por el ex eurodiputado Nick Clegg, y abiertamente europeístas.
Fernando Navarro
Fotos: Conservative Party / Flickr; dullhunk/Flickr















