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COMENTARIO I Los 12,5 kilómetros de muro de separación en la frontera de Grecia con Turquía, cuya construcción ha anunciado el gobierno griego esta semana, constará de una doble valla con alambre de espino, cámaras y vigilantes. “Son unos hipócritas”, se defiende el ministro griego de Inmigración, Christos Papoutsis, acusando a los Estados europeos que critican la medida. Pero el hipócrita es él.
“Europa nos reprende por no cumplir el Tratado de Schengen para la vigilancia de las fronteras exteriores de la Unión, y en cambio nos critica cuando vamos a reforzar la frontera”, se justifica Papoutsis, quien obvia una doble hipocresía –de la UE y de Grecia- mucho más profunda y sintomática de su decadencia respectiva.

Por lo pronto, la Unión europea se ha limitado a advertir a Grecia que “a largo plazo” los muros no son una solución contra la inmigración. De hecho, para reducir la inmigración de sin papeles, la UE apuesta por una mejor formación de la policía de fronteras y un refuerzo de los efectivos y la tecnología. Pero no la ha condenado. Queda por averiguar que la valla griega no se construya con fondos europeos. Existe otra valla, de la que se inspira la griega: la de Ceuta con Marruecos, que la UE tampoco condena de manera abierta.

En contraste con esto, la UE negocia la adhesión de Turquía al club de los veintisiete: ¿estamos ante una señal más de que todo es un paripé para contentar a los pro-occidentales turcos? En paralelo, Marruecos es el único país del mundo con el que la Unión mantiene un Acuerdo de Asociación, lo más parecido a una adhesión a la UE. ¿Por qué atildar nuestras fronteras precisamente con estos países a base de vallas de espino?

Un muro para la Europa petrificada

La respuesta es sencilla, aunque repose en motivos profundos y sofisticados. Del mismo modo que el hombre sólo mata por odio, utilidad o necesidad, también separa al extranjero por estos motivos acumulativos. En una Europa cada vez más petrificada y obsesionada con mirar a un pasado que considera erróneamente mejor, los muros se están multiplicando y no todos son físicos. También los aviones en los que el gobierno francés ha expulsado de manera sistemática a los gitanos rumanos hacia su país de origen, son un muro, pero con alambradas jurídicas. Lo mismo que los trabajadores británicos que en primavera de 2009 coreaban en las calles del centro del país el eslogan “el trabajo para los ingleses primero”: una valla social con vigías –y votantes- de paisano. Qué decir de la minoría ruso-parlante de Letonia, país contundente y redundante en su discriminación con tintes de apartheid báltico.

Está claro: Europa ya no cree en el carácter mixto de su sociedad. Está empeñada en practicar la caridad para con los parias de otras latitudes con la condición de que nadie los vea en sus propias calles. Y lo hace por tres motivos. Primero, porque en un mundo globalizado Europa no está entendiendo las claves del éxito de las potencias extranjeras emergentes, y manifiesta a base de muros su odio y su desconfianza hacia ese extranjero que ya la “invade” con sus productos y ahora, quién sabe, viene a invadirla con su cultura, su lengua y su religión. En segundo lugar, porque Europa estima que en tiempos de crisis es útil que los parias del mundo no vengan a exigir asistencia del Estado del Bienestar. Y por último, porque cree necesario importar únicamente a extranjeros formados y dispuestos a ser dóciles empleados, en vez de incontrolables emprendedores.

Fernando Navarro Sordo
Foto: pedrobea/Flickr

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Comments

Koke
05/01/2011 21:57

Felicidades por el artículo, me ha recordado cuando en verano del 2005 Sami Naïr explicaba en Valencia en la UIMP los campamentos de refugiados que la U.E. mantenía (y mantiene) bajo secreto informativo en el norte de África, o cuando leo a los ecolog centroeuropeos en Le Monmde Diplomatique. Creo que me has enganchado a Europa451, un saludo.

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