De hecho, la ONG canadiense IFEX, que apoya de manera abierta a la disidencia tunecina, trató de organizarla, pero no pudo hacerlo porque el Consulado de España en Túnez no concedió visados a dos destacados adversarios de Ben Ali, según los organizadores. “Francia tampoco es el paraíso de la transparencia y la libertad”, nos comenta Driss, un exiliado en Montmartre que prefiere no dar su apellido: “Si miras las principales televisiones del país, TF1 y France2, casi ni mencionan la revolución que está viviendo Túnez, o minimizan su calado”.
Pero algo gordo debe estar sucediendo en la mítica tierra de los cartagineses, si los gobiernos europeos se ponen del lado del dictador Ben Alí, las organizaciones de hackers activistas de Anonymous bloquean todas las webs presidenciales, y el descontento en las calles se contagia al país vecino, Argelia, con una riqueza algo superior a la de Túnez. La sociedad civil organizada sí apoya el descontento espontáneo de los activistas, pero no así la sociedad europea en su conjunto. Y es que hay intereses económicos en juego y las autoridades europeas no están por la labor de desestabilizar la zona. Ni siquiera al precio de instaurar la democracia en la ribera sur del Mediterráneo.
Comunicado de prensa de Anonymous: Operación Túnez
España, Francia e Italia están entre los mayores donantes de ayuda al desarrollo de Túnez, pero también entre quienes más se benefician de las conexiones con el régimen. De las 3.500 empresas extranjeras en Túnez –la mayoría en régimen off-shore con beneficios fiscales- hay 1.200 empresas francesas, 700 italianas, 277 alemanas, 208 belgas y 88 británicas.
Españolas de momento sólo 50, pero participan en este pequeño país de 10 millones de habitantes numerosas infraestructuras, lo que en tiempos de pinchazo de la burbuja inmobiliaria saca de apuros a más de una, al igual que sucede en Marruecos. Precisamente las mayores cementeras del país están en manos de Cementos Portland y Cementos Molins, controlando casi el 50% del mercado local.
En el campo de las energías, Italia y España se llevan los contratos públicos y los precios “de amigo” de Argelia con respecto al gas, y de Túnez en relación a las plantas termosolares. La mayoría de la excelente fruta tunecina que se vende en los mercados de Milán o París es mercancía en propiedad de empresas españolas como Lolita o Agrolito.
También copan sociedades de estos tres países europeos los sectores de la industria mecánica, el cemento, las piscifactorías, la Hostelería, el textil y hasta del aceite de oliva, que más tarde se revende como aceite italiano, español o francés.
Pero sobre todo, Túnez es un gran importador de productos europeos. Con un crecimiento del 3,7% del PIB en 2010, y una previsión para 2011 del 2,6%, es un país con cierta capacidad de absorber producción europea. La tasa de cobertura de las exportaciones españolas a Túnez supera el 155%, con un superávit de 350 millones de euros en 2009. Lo inexplicable es que su población, una de las más cualificadas del norte de África, sufra paro (15%) y hasta hambre. Y es que de momento, Túnez adquiere de Europa maquinaria, tecnología solar o depuradoras y desaladoras de agua con el dinero que le otorga la UE para que compre a empresas europeas. En cambio, no redunda en creación de puestos de trabajo locales.
Con este panorama, ¿a quién le sorprende que nuestros gobernantes nunca se hayan manifestado en contra de la dictadura tunecina de Ben Alí? Qué fácil es darse golpes en el pecho por la democracia en el Caribe o en la península de Siam cuando no hay empresas nuestras en peligro.
Fernando Navarro Sordo
Foto: Stewartmorris/Flickr
















