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'Adiós, pueblo ingrato'. Caricatura publicada por Z, el viñetista tunecino más conocido de la blogosfera disidente.
PERFIL I En Túnez, la Revolución de los Jazmines ha sido la primera de la Historia en impulsarse y ganarse gracias a las redes sociales. Retrato fugaz de un país árabe moderno que sonríe a pesar del hambre, la tortura y las balas.
Las numerosas dictaduras de los países árabes deben, de seguro, estar poniendo sus barbas a remojar. El ejemplo de la Revolución tunecina de los Jazmines está dando la vuelta al mundo gracias a Twitter, Facebook, YouTube y toda clase de redes sociales y sistemas de correo electrónico. Su estructura ha sido tan absolutamente horizontal, espontánea y apolítica, que sus efectos han sido certeros, fulminantes y veloces. La anécdota mil veces compartida en Facebook el 14 de septiembre, día de la huída de Ben Alí a Arabia Saudí, era la de un tal Momo: “Bueno, y mañana ¿qué nos queda para manifestarnos?”
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Fuente: “Yo mismo”

La velocidad a la que se ha propagado la revuelta y sus reivindicaciones hubiera sido inimaginable hace tan sólo unos años en cualquier país: ni siquiera en la órbita de las famosas revoluciones naranjas y de la rosa en los países de la vieja órbita soviética. Imaginen qué hubiera sucedido si en 1989 los berlineses hubieran contado en directo la caída del muro que dividía la ciudad y a Alemania gracias a sus teléfonos móviles y Twitter. Anna Karla, una historiadora berlinesa afincada en París, se lamenta hoy al ver las posibilidades que ofrece Internet: “¡En mi familia casi no tenemos fotografías o imágenes de aquellos días de alegría y fiesta popular con la caída de la dictadura de Honnecker y el muro de Berlín!”.

Es más, los periodistas, durante este episodio histórico hemos servido de bien poco y contado pocas noticias que no estuvieran ya en boca de todos gracias a las redes. Son los propios ciudadanos de Túnez, con sus cámaras, sus teléfonos móviles y sus conexiones a Internet quienes han relatado en directo los detalles de su revolución. Es el sistema de propaganda total o relámpago, el que más fuerza ha dado al movimiento y más simpatías ha generado en el planeta entero. Estos últimos días, a medida que anotábamos la evolución del conflicto en Túnez, los profesionales del tecleo hemos tenido que acostumbrarnos a que tras las afirmaciones o los datos publicados en las redes sociales los firmantes validaran la información con un lacónico pero irreversible “Fuente: yo mismo”.

Túnez: ¿un país excepcional?

Pero también hay que detenerse en un pueblo, el tunecino, que presenta unas particularidades dentro del mundo árabe, que lo han hecho más propenso a liberarse de sus cadenas del modo y el ritmo observados hasta ahora. Túnez ha sido el primer país árabe de la historia en abolir la esclavitud, en 1868. Fue el primer país árabe en adoptar una constitución, en 1871. El primer Estado árabe, asimismo, que abolió la poligamia (1956) y que concedió el derecho de voto a las mujeres, en 1957. Es más, Túnez es una sociedad que legalizó el aborto en 1973, antes incluso que la propia Francia.

Hoy, Túnez es el primer país árabe que manda a paseo a su dictador sin necesidad de organizar un golpe de estado militar. Son muchos los pueblos del planeta que toman nota, y otros tantos gobiernos que tratarán de sacar conclusiones para sí mismos: Egipto, Argelia, Venezuela, Siria, Bielorrusia, por citar un primer puñado de sociedades sometidas al autoritarismo gubernamental.

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Madurez y sentido del humor

Por encima de todo, el pueblo tunecino está demostrando una madurez apabullante y una sólida capacidad de reírse de sí mismo a pesar de los muertos y las tensiones. Mientras el pequeño ejército nacional se ha colocado del lado de la población y ha tomado el control de las calles para garantizar en la medida de lo posible la seguridad de la población contra los últimos ataques y venganzas de los agentes de la policía de Ben Alí.

Con 110.000 efectivos –más personal que soldados tiene el ejército español- esta policía ha sido formada durante décadas para defender los intereses del clan Ben Alí y de su esposa, Leyla Trabelsi. Durante las noches del desenlace de la revolución, sus agentes han aprovechado para pillar y saquear hospitales, tiendas, supermercados y casa de particulares. “Son los últimos petardos mojados que se creen más grandes que el fuego”, sentencia y distribuye, sin concesiones, la Red tunecina de blogueros y twitteros.

Con gran responsabilidad, los ciudadanos se advierten unos a otros para no ceder a las provocaciones y para huir de esas malas compañías policiales: “Si os cruzáis con un vehículo de tipo 4x4 de color marrón y desprovisto de placa de matriculación, alejaos, pues son las milicias secretas del RCD”, el tambaleante partido político del clan Ben Alí. “El 80% de los saqueos acaecidos en las dos principales ciudades del país mediterráneo, Sfax y Túnez, han sido realizados por agentes de la policía y milicias afines a la dictadura”, informa los mandos del ejército tunecino.

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Para darse ánimos, los tunecinos demuestran y comparten en la red todo el sentido del humor, la ironía y eso que llamamos en España “guasa” de la que son capaces, que no es poca. “¿Han visto alguna vez a un sin techo viajando en Boeing? Pues ya tenemos a uno: Ben Alí”. Sobrevolando las conciencias de la audiencia internacional que asiste a este episodio histórico como un recordatorio de lo que el Hombre es capaz de hacer para defender su propia dignidad, los tunecinos subrayan un hecho hoy incontrovertible: “Un simple vendedor ambulante puede derrocar a un dictador”. Y es que Mohammed Bouazzizi, quien se inmolara a lo bonzo el 17 de diciembre –Jan Palach contemporáneo de la geografía mediterránea-, dando el pistoletazo de salida a la revolución, no era sino un tendero más, obligado a ejercer sin licencia para alimentar a su familia, desempleado crónico a pesar de sus estudios superiores.

Desde hace pocos días, Bouazzizi y la Revolución de los Jazmines ya tiene página dedicada en Wikipedia. ¿Se puede ser más eficaz?

Fernando Navarro Sordo
Imagenes: Z, El Watan, Anonymous.


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