Ahora, ya sean de fresa ácida, clorofila, cola o cualquier otro sabor, los chicles también pueden ser biodegradables. Es decir, que ya han llegado los chicles para que los microórganismos puedan mascarlos y digerirlos sin esperar a que pasen 5 años, el tiempo que tarda en degradarse por completo la goma de mascar industrial una vez masticada.
Cómo no, ha sido un consorcio mejicano de cooperativas quien ha propuesto regresar a las raíces del chicle, un invento que se remonta a las poblaciones aztecas y mayas de América central y Méjico. El llamado “Consorcio chiclero” ha inventado un chicle ecológico que no se pega y es biodegradable. Se llama Chicza, y no está compuesto por derivados del petróleo, sino con la goma base de la savia (o chicle) extraída de la planta Zapote. Una vez consumido, se disuelve en seis semanas, y además no se pega a las suelas de los zapatos. Es más, ni siquiera los edulcorantes y los aromas usados son sintéticos.
Mascar chicle puede resultar muy positivo: contribuye a ingerir menos calorías, ayuda a memorizar y combate las caries. Pero el incivismo generalizado provoca que los miles de millones de chicles consumidos en el mundo cada día terminen en el suelo. Sólo en la famosa arteria comercial londinense Oxford Street se contabilizan 300.000 chicles pegados al asfalto o las losas de las aceras.
En Europa ya se comercializa el nuevo chicle biodegradable, aunque la Comisión Europea, de momento, no ha previsto campaña alguna para promocionar los chicles biodegradables.
Europa451
Foto: mastrobiggo/Flickr
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