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TRIBUNA I ¡Olvídese de la pesadilla del latín! ¿Sabe lo que es la intercomprensión pasiva? Puede convertirse en el paso imprescindible para la construcción de Europa. Se trata de la capacidad de locutores de lenguas distintas para entenderse hablando cada uno en la suya. Entre las lenguas eslavas es una práctica corriente. Para las lenguas latinas supondría la creación de una comunidad lingüística de unos 1.400 millones de personas. Es decir, más que el chino.

Hoy día no faltan estudios pedagógicos que muestren el enorme potencial abierto por el “descubrimiento” de la intercomprensión pasiva. En el caso de las lenguas latinas, un latinohablante necesitaría poco esfuerzo para aprender a entender varias lenguas próximas a su lengua materna. La idea se basa en el hecho de que la mayor parte del esfuerzo invertido en aprender una lengua consiste en aprender a hablarla. Suprimiendo esa parte, por lo tanto, sería mucho el tiempo ganado y además evitaría el bloqueo cognitivo que produce en muchos aprendices el hecho de verse obligados tempranamente a producir fonemas y sintaxis con los que no han estado lo suficientemente familiarizados.

Lo que pocos saben, es que lenguas como el chino o el árabe son considerados lenguas unidas, cuando en realidad, internamente, su división dialectal es en muchos casos más profunda que la que existe entre estos dialectos del nuevo latín, que son el español, el francés, el portugués, el rumano, el catalán, el gallego, el sardo o el italiano.

Y es importante decir “nuevo latín”, porque la visión dominante tiende a pensar que la lengua de Cicerón es el punto en común de todas estas lenguas, y hay incluso quien propone que los “latinos” nos comuniquemos en ella. En realidad, las lenguas latinas de hoy se parecen más entre sí que al latín clásico. Ninguna tiene las pesadillescas declinaciones, ni la enrevesada sintaxis de aquella lengua. Todas tienen artículos y preposiciones, y todas comparten un vocabulario que ni aparecía en los textos clásicos. Un ejemplo vulgar es el término “mierda”, que apareció por primera vez escrito en el siglo XIII. Dicho de otro modo, para un español es mucho más fácil aprender italiano que aprender latín.  

Es corriente oír decir que Europa tiene un “problema” lingüístico. ¿Cuál es la lengua de Europa? “La lengua de Europa se llama traducción”, dirán algunos. El problema es no ya el hecho de que muchos europeos consiguen entenderse con gente de otros continentes mejor que con sus propios vecinos por las barreras lingüísticas, sino que la propia traducción también se realiza con el chino, el japonés y otras lenguas no europeas. En otras palabras, la traducción es un concepto demasiado amplio para definir una especificidad europea.

Lo cierto es que el problema viene de más lejos. La tan consabida falta de una mentalidad europea, la desconfianza de los ciudadanos ante las instituciones europeas, el resurgir de ciertos nacionalismos y el desinterés por un proyecto común, se deben en gran parte a un pésimo enfoque propagandístico. Europa se presenta a sus ciudadanos como una institución. Cuando se cita a Europa en los libros de texto, aparece muy pronto Bruselas, Estrasburgo, la CECA… y poco después se pasa a otra cuestión.

El problema es que la CECA fue creada hace apenas 60 años, cuando la historia de Europa se remonta a casi tres milenios. ¿Cómo sentirse parte de una identidad creada hace 60 años?

Puede resultar increíble para muchos, el hecho de que uno de los planos que sitúan a Europa como un ente homogéneo y cohesionado, con una identidad propia y común, es el lingüístico. Comparada con África o Asia, Europa es profundamente homogénea en cuanto a idiomas. Y esto no significa que haya que volver a la desaparecida (o más bien evolucionada) lengua indoeuropea. Pero sí que todo europeo debería ser consciente de ello. Empezando por las tres grandes ramas.

La trinidad europea

Latinos, Germanos y Eslavos. Esas son, con permiso de otras identidades europeas (céltica, helénica, magiar…), las tres grandes subfamilias, que engloban al 90% de la población europea. La trinidad es un rasgo característico de toda unión sólida, pero para el caso de la construcción europea resulta especialmente adecuada.

En primer lugar, supera el marco exclusivamente estatal, para ofrecer otro que no es institucional sino cultural o identitario. Algunos verían en esto el riesgo de una nueva fragmentación europea a gran escala, pero hemos de insistir en la imposibilidad de semejante escenario. Para empezar, no existen instituciones con vocación latina, germánica ni eslava, susceptibles de tener o crearse intereses propios. Se trata de bloques culturales sin reflejo político ni económico. Por otro lado, la mencionada trinidad es una vacuna contra cualquier sentimiento de exclusión o discriminación.

Es mucho, no obstante, lo que ofrece. El europeo de a pie puede experimentar un redescubrimiento de sí mismo a través de culturas hermanas, a las que consideraba más lejanas. Y es un paso. No podemos esperar que un italiano sienta que comparte una identidad común con un finlandés, hoy por hoy. Pero para que mañana eso pueda suceder, es necesario este primer paso. No es realista pensar que un italiano nunca se podrá sentir afín culturalmente a un finlandés. Sí es realista ver que el futuro sólo se puede construir a base de precedentes. Creando el precedente del descubrimiento de una cultura propia ampliada (latina, germánica o eslava), no parece descabellado pensar que las diferencias entre las tres grandes subfamilias nos resultarían a todos más manejables, y  que aumentarían nuestras ganas de conocernos.

Pero hasta ahora, los acontecimientos nos llevan a otro escenario menos deseable. Una sociedad anglocéntrica en la que lenguas y culturas se ignoran unas a otras, y sólo lo que es producido desde el mundo anglosajón a, como mucho, a través de su lengua, es considerado como “auténticamente” internacional. El aumento de los localismos y el rechazo al vecino no es más que la otra cara de la moneda.

Frente a esto, la intercomprensión pasiva supone una oportunidad para una mundialización más fértil, un verdadero encuentro entre varias partes, partiendo de y llegando a sentimientos recíprocos. Sin reciprocidad estamos abocados al fracaso, o a una sociedad alienada.
 
La asignatura pendiente

La traducción parece ser la solución adoptada por los políticos europeos, ya que casa muy bien con lo políticamente correcto y supone poco riesgo apoyarla. Y he aquí una cuestión esencial, el riesgo. Pocos políticos se animarán a apoyar públicamente un “engendro de académicos”, por muy expertos en pedagogía que estos sean: hay votos en juego y es normal y bueno que así sea.

Dicho esto, no supone tanto riesgo proponer, de forma paralela al estudio de lengua extranjera, una asignatura llamada “Iniciación a las lenguas latinas”. Sobre todo si, para alejar el fantasma esperantista, la asignatura estuviera orientada a una futura especialización en una o dos de ellas, a partir del segundo o tercer año.

La labor de la asignatura no sería meramente instrumental en un principio. Su principal valor residiría en el cambio de mentalidad que puede producir. Por tanto, no tiene grandes materiales pedagógicos que presentar para empezar. No todo tiene que ser hecho en las escuelas, ni puede serlo. Pero pensemos en cuánta gente es consciente a un nivel hondo–y pensemos más allá de población que pasa por la universidad- en un país como España, siquiera de que existen las lenguas latinas, de que se parecen mucho entre sí y por lo tanto son fáciles de aprender. Creo que sólo los rumanos tienen cierta conciencia de ello, y da la casualidad de que, sin necesitar un gran sistema educativo, son los mejores políglotas de todo el mundo latino.

Por lo tanto, no es necesario prometer grandes avances cognitivos, que pueden sonar a cuento de la lechera para el pragmático ojo del responsable político de turno. Dicha asignatura, que bien podría llamarse también “Iniciación a las lenguas europeas” podría incluir al principio un tema sobre el mapa lingüístico-cultural de Europa, con una breve introducción a las otras subfamilias. Si una asignatura así fuera implantada en los sistemas educativos europeos desde una edad temprana, sus efectos serían enormes para la conciencia de la ciudadanía europea.

Pero no se tache la propuesta de romántica. Tal asignatura tendría una rentabilidad material absoluta, ya que rompería la barrera psicológica que lastra el tan necesario aprendizaje de idiomas, e incluso se traduciría finalmente por el dominio de una o varias lenguas. Al ser orientada de forma pasiva, el alumno no tendría una percepción negativa de la clase, y más bien se sorprendería de lo poco que le cuesta aprender dos o tres lenguas que no son la suya. En la conciencia de un niño de 6 o 7 años, se habría sembrado la identidad del futuro políglota, que no habla varios idiomas, de momento, pero tampoco les tiene miedo, y está familiarizado con varios, más de cinco. No hay que ser muy visionario para ver el impulso que esto daría a su voracidad en el aprendizaje de idiomas. Comparemos esto con la percepción que teníamos muchos de nosotros a los 8 o 9 años, cuando todo lo que no fuera nuestra lengua materna era chino.

Por otro lado, se le estaría dando la posibilidad a este europeo del mañana, de establecer sus propias preferencias. De 6 ó 7 lenguas que conociera de forma pasiva, tendría un especial gusto por algunas de ellas, y quizás le gustaría aprender a hablarlas. Evidentemente, aumentaría su predisposición a la movilidad internacional, tan requerida por la economía del continente.

Y no hay por qué ceñirse a la idea de presentar una propuesta de golpe a las instancias competentes, sometida a una respuesta de sí o no. Ya hay mucho terreno que podría haber sido conquistado. Hablo, por ejemplo, del Instituto Cervantes ¿Se les ha ocurrido incluir en su plan curricular la opción de un curso rápido de comprensión del portugués? ¿No aumentaría considerablemente el interés planetario por aprender español? ¿No podría ello hacerse en convenio con el Instituto Camôes, que propusiera a su vez un curso rápido de adaptación al español a los alumnos que hubieran adquirido un nivel alto de competencia en portugués? Si consideramos que la coincidencia léxica de ambas lenguas se estima en torno a un 88% ¿Quién no querría invertir un consiguiente 12% de esfuerzo para acceder a una lengua de más de 200 millones de hablantes?

Además, semejante experiencia no supondría dejar de lado a las demás lenguas latinas. Todo lo contrario: asentaría un precedente para que otras como el italiano y el francés aprovecharan la tendencia abierta.

Por otro lado, si hablamos de una lengua que cuenta con un enorme apoyo institucional, en proporción a su presencia social, como es el caso del catalán ¿Algún apologeta del catalán ha tomado como argumento de peso el hecho de que dicha lengua sea una especie de llave maestra para todas las demás lenguas latinas? Me temo que no se le ha ocurrido a nadie.

Esto conllevaría un cierto cambio de mentalidad. Dejar de lado el academicismo y el profesionalismo que menosprecian la capacidad de la gente para comunicarse cometiendo errores espontáneos. Volvamos a pensar en los rumanos, o en la población de África, que teniendo los más altos porcentajes de analfabetismo del planeta, hablan de media unos cuatro idiomas por individuo. ¿Por qué es irrealista pensar algo así con los recursos de que disponen Europa y su sistema educativo?

Nos urge actuar, si los que hoy día soñamos con una Europa unida y reconocida en sí misma, que somos más bien pocos, queremos al menos poder seguir soñando.

José R. de Arellano es políglota y estudiante de Política Lingüística en la Universidad de París VII
Foto: Leo Reynolds/flickr

 

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    Pedro Picón y Fernando Navarro son editores de Europa451.es
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    Un colectivo de periodistas europeos, que investigan y teclean desde Bruselas hasta los confines de Europa en varios idiomas. Leer más.


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