


“Esta crisis no es para tanto”, nos lanza en un inglés rudo la dependienta de una confitería a la que le comentamos sus elevados precios. “¡Nosotros sí que tuvimos una gorda en los noventa!”, aclara refiriéndose al paso de la economía comunista a la capitalista. Pero crisis sí que hay, y cierto estancamiento también; el nacionalismo que impregna esta sociedad echa el freno a las lamentaciones ante los extranjeros. Según datos del Instituto europeo CEPS, en 1997 Eslovaquia y Hungría poseían un Producto Interior Bruto (PIB) igual al 51% del PIB medio de la UE. Hoy, Eslovaquia ha alcanzado el 69%, mientras Hungría se ha quedado descolgada en el 61%. Chequia presenta un PIB igual al 81% del de la Unión y Eslovenia el 89%.

“Aquí no hay manera de hablar de economía o de arquitectura, o de lo que sea sin que te coloquen una etiqueta política”, se lamenta en su despacho de la céntrica Ráday Utca de Budapest Andras Vértes, director del think tank económico GKI Economic Research, el más importante en su categoría en la zona de Europa central. “No hay margen para el compromiso, para el acuerdo, debido a la crispación entre los partidos, y es que la política húngara tiene mucho de teatro”, añade. Eliminado Vértes es tajante: “Cuando el Fídesz gane las elecciones, no tendrá otra solución que aprobar y aplicar las reformas que anatemiza”.


A la aseveración por parte de numerosos especialistas sobre el carácter “deprimido” del húngaro medio, se suman las cifras: mientras en 2008 el PIB húngaro creció cerca del 5%, para 2009 la Comisión europea había previsto un decrecimiento del 1,6%. “Nuestra previsión es aún más negra: decreceremos entre un 3% y un 4%”, aprieta Vértes. “El PIB húngaro decrecerá en 2009 un 6%”, rematan desde la agencia de notación Standard & Poors.
Ahora bien, en Hungría no ha habido burbuja inmobiliaria y la inflación se mantiene baja. Además, el sector bancario está sano y el problema de las hipotecas basura es cosa de otros países. ¿Qué provoca el parón en seco de su economía? Gergely Romsics, investigador del Instituto Húngaro de Asuntos Internacionales, nos da una primera pista: “Hungría empezó su transición económica antes que sus vecinos ex-comunistas, entre 1997 y 2006, abriendo mucho sus mercados a la inversión extranjera”. Vértes corrobora esta visión asimilando a su país con Irlanda. “Irlanda ha sido el país más abierto del mundo, un país muy implicado en la globalización”, explica este analista, “y por eso está sufriendo tanto”.
No es que ambos expertos acusen al librecambismo de los males de la crisis, sino que subrayan el exceso de dependencia que Hungría ha tenido hasta ahora de la inversión y los capitales extranjeros para alcanzar el ideal occidental de desarrollo. “Como los bancos más importantes son extranjeros”, advierte Vértes refiriéndose a Unicredit, KBC o Intesa Sanpaolo, “en el instante en que los países de origen de estos bancos han tenido problemas de liquidez debido al lodo de las hipotecas basura, se han llevado los capitales que mantenían en Hungría y no prestan a nadie”.

Romsics apoya: “Ya en el año 2000, cuando gobernaban los conservadores del Fídesz, hubo un intento infructuoso de equilibrar las inversiones extranjeras con inversiones domésticas”. En 2002, con la llegada de los socialistas de Gyurcsany al gobierno, se quiso impulsar la inversión PPP: partenariados de capital público y privado, pero tampoco funcionó y el Estado tuvo que acometer por su cuenta las ingentes inversiones necesarias para modernizar el país. “Aquello disparó la demanda de capital extranjero y el aumento de la deuda pública que lastra al país”, concluye Andras Vértes. La deuda pública pasó del 53% del PIB en 2001 al 65% en 2006.

La dependencia histórica de los capitales extranjeros es fácil de entender y además no tiene alternativa posible. Hungría es un país que sale de un régimen comunista que duró 41 años y en el que “no había una acumulación individual de capital considerable”, explica Romsics, “con lo que es difícil invertir en la creación de empresas o pequeños negocios familiares”. Esto es lo que también hace que la gente esté acostumbrada a vivir al día y no se vuelva histérica con la crisis, al contrario que en otros países europeos.

Desde CEPS, en Bruselas, el investigador polaco Piotr Kaczyński cambia el enfoque y estima que Hungría ha sido siempre “un país hiperindustrializado con necesidad de apostar más por los servicios”. Sin embargo Vértes y Romsics replican al unísono. “Hungría ha renovado por completo su industria desde la caída del telón de acero. Ahora, junto con Estonia, es el líder europeo en producción de móviles. Además, Hungría produce bienes manufacturados como ordenadores y maquinaria industrial. En cuanto a los servicios, desde 2004 se ha desarrollado el sector logístico mucho y los call centers gracias a las enormes infraestructuras que tanto han mejorado en los últimos 4 años.” Vértes reclama más bien una reducción del gasto público y advierte contra el riesgo de populismos, proteccionismos y paternalismos en su país.
El país más aislado de la Unión Europea
“Somos un país rodeado de enemigos que se las tiene que aviar solo”, expone con una mezcla de resignación y orgullo el rubio Janos, un joven de porte atlético que gestiona un restaurante de tradición húngara en lo alto de la colina de Buda, desde la que apostarse a contemplar los brumosos atardeceres sobre la capital de este antiguo imperio. Su sentir es compartido por cualquier ciudadano de a pie al que se consulte, sea cual sea su extracción social o su opinión política. Los húngaros exhiben, cada uno a su manera según su grado de pudor, un sentimiento nacionalista sincero y una cierta nostalgia por la “Gran Hungría” de hace décadas.

Este problema se puso de manifiesto mejor que nunca hace un mes y medio, cuando el Gobierno solicitó de la UE un plan de ayuda económica para los países del antiguo bloque del Este valorado en 600.000 millones de euros. Ninguno de los países de dicho bloque apoyó la propuesta y la UE desoyó la súplica húngara. “Los nuevos Estados miembro de la UE no cooperan entre sí”, se lamenta Vértes, “practican una ley de la jungla sin complejos en la que todos se aprovechan de la caída en desgracia de uno de ellos”. La imagen de Hungría en los mercados financieros es muy mala y por oposición sus vecinos quieren sacar rédito de ello. El hecho de que Hungría sea percibida como una economía enferma fortalece a sus vecinos y la hunde más.
“Lo único que nos queda son los fondos europeos, pero es que hasta para eso tenemos que competir con todos los países del bloque del este”, resume Romsics. Es más, Hungría y sus vecinos compiten en los mismos sectores económicos, por lo que la cooperación es más que improbable en el futuro.

Nos tomamos una copa nocturna en Gödör, que significa “agujero” en idioma magyar. Se trata de un enorme socavón cubierto en mitad de Déak Ter: el basamento abandonado del que tenía que haber sido el teatro nacional de la ópera más grande de Europa, un proyecto desechado por los socialistas a su llegada al poder en 2002 y hoy reconvertido en sala de conciertos, exposiciones y bares descomunales al estilo Expo de Lisboa.
Como si del Doctor Jeckyll y Míster Hyde se tratara, cuando cae la noche, Budapest se trasviste en cuestión de media hora con el ropaje de gritos, maquillaje y desenvoltura de una juventud sana, hacendosa y agazapada por el día en las universidades. Donde durante el día sólo hay fantasmas del pasado y pequeños comercios de aspecto desvaído, se escenifica un salto generacional de gigante mediante el que una juventud desacomplejada busca en la modernidad creativa y el reciclaje sus notas distintivas.
A Budapest la suelen colocar en la tríada de las tres B junto a Berlín y Barcelona, los últimos gritos en tendencias de urbanitas europeos. Sin embargo, la juventud de Budapest crea, recrea y se divierte sin la impostura esnob de ciertos ambientes de la capital catalana ni la indolencia trendy de los berlineses.

Fernando Navarro
Europa451










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