La francesa Hélène Flautre es una profesora de matemáticas que un día decidió meterse en política, allá por los años ochenta. Corrían los años de la polarización entre el socialista François Mitterrand y el gaullista Jacques Chirac. Ella entró a formar parte de los incipientes movimientos ecologistas. Hoy, es eurodiputada y militante de Europe Écologie Les Verts, la fuerza política que protagonizó un sorpasso en toda regla al socialismo francés en las pasadas elecciones europeas de 2009.

A su entender, el gran reto del nuevo Túnez es que sus ciudadanos “bajar de la nube” y construir una democracia “en la que los criminales puedan ser juzgados y todo el mundo pueda empezar de nuevo sin que nadie quede excluido”. De momento, la maquinaria del Estado sigue en manos de los ex militantes del RDC del dictador Ben Alí, la calle sigue revolviéndose de tanto en tanto. La desconfianza salta a la mínima ocasión dada por los gestores de la transición.
A imagen y semejanza de lo que afrontara España hace 35 años, existe una “necesidad de redistribuir el poder territorialmente”. Es decir, iniciar un proceso de descentralización y dotar a las regiones del interior –rurales y castigadas por la pobreza- una autonomía que les permita no depender tanto de las élites de la costa. No en vano, la Revolución de los jazmines prendió y se extendió, antes que por ninguna parte, por el sur y el interior, y sus habitantes siempre desconfiaron de que los señoritos de Sfax y Túnez capital secundasen las revueltas. No obstante, tras el triunfo popular, se está viviendo un proceso de reconciliación entre diferentes realidades sociales y económicas que podría facilitar un proceso de descentralización.
Con todo, “no hay que llevarse a engaño”, nos advierte Flautre. “Todo pende del hilo de la promesa de la asamblea constituyente que se formará en Julio tras unas elecciones realmente libres”. Porque por lo demás, no existen líderes ni partidos fuertes que asuman la conducción del proceso de manera sólida. “Es más, esta revolución no se reconoce en ningún líder, sus ciudadnos no se fían del concepto de liderazgo”, confirma la ecologista. “Europa, que ni creía en la democracia tunecina ni ha comprendido en un principio lo que sucedía en este pequeño país, estaba convencida de que en seis meses habría un nuevo presidente en Túnez, de los de la vieja usanza. ¡Es que no ha entendido que el pueblo tunecino no etá buscando un sustituto de Ben Alí!”.
Repasando los reportajes especiales que la mayoría de la prensa tradicional europea ha dedicado al futuro de Túnez en los últimos meses, uno cae en la cuenta de la vanidad con la que teñimos aún nuestra lente cuando miramos hacia el Magreb y cuando nos convencemos de que tenemos muchas lecciones que dar al mundo.
Todo son rumores o noticias de comisiones y expertos más o menos discretos que viajan al país para ofrecer sus servicios o los de su Estado europeo para redactar una constitución, idear un nuevo código civil o reformar el ejército. En Túnez nadie duda que se trata de peones avanzados por los Estados de Europa para seguir jugando en el damero del Magreb.
¿Qué hace, pues, Europa para ayudar a Túnez? Su primer reflejo, para contentar a la ultraderecha rampante del continente ha sido enviar una comisión delegada para renovar los acuerdos de control de inmigración y fronteras con los gobernantes interinos. Pobre imagen la de una Europa que sólo ve inconvenientes en la libertad ajena. ¿Qué podría hacer Europa para ayudar a Túnez? “Cosas simples y centradas en democratizar la sociedad”, introduce Flautre: “favorecer asociaciones entre medios tunecinos y europeos, establecer partenariados de formación entre hospitales, enviar una misión de observación electoral, impulsar el mercado del microcrédito, colaborar en la explotación de sus minas de agua y de arcilla para diversificar su estructura económica, o integrar la cultura biológica entre sus agricultores”.
Nada como la prosperidad económica para unos buenos cimientos democráticos. Es lo que parece haber comprendido Barack Obama, quien ha anunciado el 18 de mayo un Plan Marshall de ayuda económica para los países del norte de África que asuman las reformas democráticas que piden sus ciudadanos. Túnez siempre ha sido un país pobre a pesar de que los gurús del FMI se felicitaran apenas unos meses antes de la revolución de que la población estuviera feliz de participar en el crecimiento que supuestamente vivía Túnez. “El FMI y Occidente deben revisar su concepto de crecimiento y de desarrollo”, retoma Hélène Flautre, quien además intuye que la soberbia europea se manifestará tarde o temprano “por su temor a que unas democracias jóvenes en sus fronteras meridionales se atrevan a darle lecciones por una vez”.
A menos que prenda el hartazgo ciudadano español en el resto del continente, y en Europa salga de nuevo el Sol de una democracia transparente, sin intocables, sin corrupción y sin obscenas desigualdades.
Europa451
Foto 1: Khalid Albaih / Flickr















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