
El viñetista tunecino “Z” lleva dos convirtiéndose en la estrella de la sátira disidente del exilio interior y exterior de Túnez. Zeta es el seudónimo que utiliza este artista por prudencia y privilegio. A la vista de la censura y la represión que el régimen de Zine el Abidine Ben Ali opera sobre los disidentes y sus familiares, la prudencia dicta no darle pistas al enemigo. El triste privilegio que le permite esconder su identidad detrás de un seudónimo tan insulso es que, en toda la historia de su pequeño país mediterráneo, nunca ha existido otro dibujante dedicado a la sátira política.
En un régimen cuya única ideología es el “unanimismo”, controlado por un clan –el de Leyla Ben Ali, la mujer del Jefe del Estado-, las viñetas de Z vuelan por las redacciones de los diarios y revistas disidentes, ávidas por difundirlas para animar a la parroquia y promover las libertades en una sociedad en la que una imagen se paga con más de mil palabras y mil días de encierro. “No hay que hacerse ilusiones”, advierte Z, “pues el régimen ha logrado desenclavar el factor político de las mentes de sus ciudadanos”.
¿No se siente predicando en el desierto?
Mire, yo un día, después de una temporada sondeando a la gente normal de mi barrio en Túnez y mi propia familia, tuve como una revelación. Esto sucede mucho en el desierto, ¿ve? De pronto creí que había comprendido todo el mecanismo de la enfermedad que sufre mi país y me puse a redactar un manifiesto muy ampuloso que resumiera mi pensamiento. Sólo bajo el efecto de la arrogancia podía hacer tal cosa. Una vez terminado, pensé que había que compartirlo y lo vertí en un blog creado al respecto: Débat Tunisie.
Sin embargo, a través de Facebook pronto caí en la evidencia de que la gente es más receptiva al dibujo, sobre todo en casa de quienes no tienen interés por la política. Además de pintar cuadros, me puse a hacer viñetas.
No siempre lo he estado. En cambio, hace unos años fui a América Latina a terminar mis estudios y elaborar mi proyecto de fin de carrera. Yo vivía entonces en casa de unos amigos con bastante dinero y una villa en la ladera de una colina frente a toda una nube de barrios de ranchitos depauperados. Mis colegas no hacían más que echar pestes de los pordioseros, y yo no podía evitar comparar las condiciones de vida. A tan sólo unos kilómetros de distancia, mis amigos hablaban como si fueran ciegos ante tanta desigualdad: “Son todos unos vagos, tienen lo que se merecen”, me explicaban. Yo iba virgen de ideología y de experiencias políticas en mi vida, así que decidí quedarme para comprender sin prejuicios cómo funcionaba aquel continente. Mis amigos apoyaban la guerra en Irak y yo la veía como una agresión irracional, todo empezó a ir muy deprisa en mi mente.
¿Le dejaron deambular durante un año por aquella capital latinoamericana?
Entrar en los barrios complicados no es fácil. Así que le pedí a la persona que dirigía mi proyecto de fin de estudios, que me dejara cambiar el proyecto original por el de un estudio sobre “urbanismo espontáneo”. Una excusa. De inmediato me encontré trabajando con chiquillos de las escuelas de esos barrios que mis amigos de la universidad me recomendaban no visitar nunca. Con unos cuantos pinceles y rotuladores viejos enseñaba dibujo a los jóvenes de primaria.
¿Le inspiró aquel ambiente?
Era gente muy comprometida, muy militante, pero al mismo tiempo yo me daba cuenta de que su forma de organizarse se parecía mucho a la del RCD de Ben Alí en Túnez. Salvo por un detalle crucial: en América Latina ellos sí tienen ideología.
¿Regresó a Túnez para transponer lo vivido en América?
Eso es lo que yo creía que podría hacer. Pero yo ya no era yo, después de América. No tenía la misma virginidad política. Me tuve que poner a desaprender y no me salió bien, porque además soy tunecino, no soy de afuera, la gente sabe de dónde vengo. La realidad en Túnez es casi la misma que en Latinoamérica, pero con una diferencia de calado. Es verdad que no hay una real redistribución de las riquezas, ni en lo geográfico, ni en lo social. Sin embargo, la relación entre las clases sociales es distinta. La pequeña burguesía se dedica al consumismo y sencillamente ignora a los más pobres. La clase trabajadora no se dirige a los burgueses reclamando mejoras sociales, sino subrayando el carácter decadente y falto de espiritualidad de la clase media. En Túnez me sentía juzgado todos los días, no como en América. Eso me paralizó mucho. Traté de meterme en la casa del pobre a través de las chicas de la limpieza, pero me sentía como un intruso, no lograba conectar con la gente y hacer un trabajo de campo para hacer política. Fue entonces cuando comprendí que mi medio para estar en mi sociedad era el dibujo.
Túnez vive bajo un sistema autoritario y un culto personalista a la figura del líder Ben Ali y de su mujer, Leyla, una mujer joven bien relacionada. El clan de esta última controla muchos sectores de la economía nacional. Su supuesto hermano, Imed Trabelsi, salta de escándalo de corrupción en escándalo de corrupción y se dedica a colgar vídeos en Facebook para justificar sus desmanes. Otro familiar, Benhassen Trabelsi, posée numerosas cabeceras de prensa. La ideología del régimen es el malva, el color del RCD. Todo induce a pensar que este tipo de regímenes no se reforman a sí mismos.
¿Espera alguna recompensa de su actividad disidente a pesar de que sus viñetas están censuradas en Túnez?
Lo que no le he dicho es que todos los que estamos censurados en Túnez poseemos una serie de direcciones web fantasmas que actúan como espejos que reproducen lo que publicamos en nuestros espacios. La gente se va pasando de forma confidencial esas direcciones y al final todo circula. La conferencia de la disidencia en París, al principio de la campaña electoral, me ha demostrado que mis conciudadanos esperan mucho de mí. Sólo ahora me percato del reconocimiento que muchos tunecinos me prestan. Aun así, es cierto que el reconocimiento al que aspiro no es político ni económico, sino más bien artístico.
El debate que hubo e París fue positivo porque la gente de a pie presente tenía puntos de vista divergentes con respecto a Túnez. En relación a los principales líderes, Marzouki y Chebbi, sus diferencias no son ideológicas, antes bien por motivos de ego y carácter dominante. La oposición está unida en cuanto que sabe que el objetivo es democratizar Túnez lo antes posible.
Fernando Navarro Sordo
Europa451















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