
CRÍTICA I Neonazis, cervezas, pogos y tatuajes a tutiplén en una película que vuelve a incidir en el abismo al borde del cual transita la Europa del este. Con gente muy perdida, desarrollismo excluyente y un poco de chalga. Y al final del túnel, la poesía que levita en la atmósfera aún ochentera de Sofía.
“Siento como si mi alma estuviera congelada”, confiesa retorciéndose de angustia ante su psiquiatra Christo Itso, el artista sin fe y figura principal de Eastern Plays, de Kamen Kalev, liderada con rigor por Christo Christov.
Rodada en búlgaro, turco e inglés, cuenta la historia de un drogodependiente que trata de rehabilitarse refugiándose en la metadona y su empleo de carpintero industrial. La cosa no funciona y nada parece serenarle, ni siquiera la chica ideal que está colgada por él. Hasta que se cruza en el camino de su hermano, que no ve desde hace años, metido ahora a neonazi en una banda de agitadores a sueldo de un partido político. Al tratar de salvar a unos turistas turcos de ser apaleada por estos hooligans, conoce a Isil, con quien parece conectar. Pero ella debe regresar a Estambul y sus padres no quieren que se frecuenten.
Kamen kalev ha conseguido, con esta cinta, disgregar el alma indolente búlgara con el mundo interior insatisfecho de cada uno de sus habitantes.
Fernando Navarro Sordo
Europa451