
CRÍTICA I “¿Adónde vamos?, los sabremos al final.” Madurar, en clave de cine, se nos antoja que es sinónimo de quejarse menos y hacer algo más el cafre. La primera cinta de la artista suiza Pipilotti Rist es un revulsivo ante el cine de psicoanalista que ha imperado en el Festival de Cine Europeo de Sevilla en 2009. Se ha llevado el premio especial del Presidente del Jurado, pero hubiera merecido mucho más.
“¡El rojo es bueno!”, grita Pepperminta, el personaje principal de la película homónima presentada en la sección oficial de SEFF 09, mientras uno de sus compañeros de aventura se empapa en pintura colorada tras beber de un cáliz lleno de sangre menstrual. “La sangre menstrual en esta película es un símbolo de cómo podemos cambiar nuestros rituales”, explica la directora de una cinta iconoclasta y calculadamente estrafalaria.
¿Acaso antes de Pepperminta el rojo no era bueno? “El problema es que en nuestra cultura siempre que hay sangre se asocia a escenas de violencia desde hace 200 años. El rojo debe fluir, si no, se vuelve negro”, comenta Rist matizando que no existe un mensaje sólo político detrás de este eslogan, pero es cierto que hay que ser autocríticos, para que lo rojo no se autodestruya y se vuelva negro [ausencia de color].
De todos modos, la película Pepperminta es un himno a todos los colores de al arcoíris. El comando de estrafalarios amigos de la protagonista, utiliza los colores y los sonidos, sabores, tactos y olores sugeridos por su paleta para sembrar una anarquía liberadora en la ciudad. “Lo que yo sé es nuevo y no puede esperar al fin del mundo”, atiza Pepperminta con clara referencia a aquel “queremos el mundo y lo queremos ahora” de los años sesenta. “Hemos mordido la manzana y no nos van a echar del paraíso.” Escena a escena, su comando va desmontando los miedos construidos por los padres, los maestros, los expertos, los curas, el Estado, etc., y rompiendo con los cánones estéticos y las prisiones físicas y de la edad en los que nos asfixiamos.
Con una estructura un punto repetitiva, pero una desvergonzada retahíla de acciones y eslóganes empapados en flujos corporales y fantasía clownesca, Pepperminta representa una invitación directa a la madurez del cine europeo a través de una actitud orgásmica, fuera de toda norma y sin lamentaciones adolescentes. “La película no tiene por qué ser realista, sino invitar a la reflexión acerca del exceso de normas que rijen nuestra vida”, afirma Rist. “Siempre es buen momento para nacer”, corrobora Pepperminta recordando que en el cine y en la vida hay que volver a empezar de manera cíclica.
Contra toda apariencia, Pepperminta no es cine psicodélico, sino psicogénico. Una historia que busca la empatía a través de la ruptura y los sentimientos básicos de la infancia trasladados a un mundo de adultos. Su directora quizá haya querido hacer una obra de arte, pero ha logrado algo más: un tratado rebelde y alegre contra el cine gris y redundante que se factura en Europa.
Fernando Navarro Sordo
Europa451