CRÍTICA I No ha vuelto Nietsche, ni se trata de un panfleto más contra religión alguna o dioses de segunda fila de los que abundan en el planeta. El último filme de Pedro Almodóvar, rodado con más medios que de costumbre, es una presentación alegórica y sutil del drama personal que en general pueden vivir las personas que no se sienten conformes con su cuerpo. La naturaleza, el dios de turno, el creador omnipotente que tiene en su mano decidir qué cuerpo y qué identidad unir a cada cuerpo acaso tenga una factura pendiente con homosexuales y lesbianas o con cualquier sujeto incómodo con el físico que le ha tocado en suerte. En La piel que habito, su última película hasta la fecha, ya estrenada en países como Bélgica o Francia, Almodóvar –homosexual declarado- entiende que la factura es inasumible. La Piel que habito es de lo mejorcito que ha parido Pedro, hoy más filosófico que nunca. Aunque le siga desbordando el alma cañí y esperpéntica por los cuatro costados con detalles y escenas de sublime idolatría de lo grotesco –ahora disfrazado con la burlesca elegancia con la que retrata a la abombada burguesía ibérica-, el cineasta español más internacional ha colocado una nueva traviesa en la senda que inició con Todo sobre mi Madre hacia un cine menos figurativo. Más abstracto. Son numerosos los espectadores que se quejan en los últimos tiempos a la salida de los multiplex de Europa, lamentando que su cine ya no sea tan estrafalario e histriónico como antes. Puro esnobismo. Muchos, dentro y fuera del ruedo ibérico prefieren que “lo español” siga siendo sólo gamberro y desmochado. Muchos no quisieran reconocer que cualquier tiempo vivido con ojos de español –eso es lo que fue la Movida con respecto del rupturismo generacional de efecto retardado que provocó el Baby Boom en nuestro continente- también tiene derecho a madurar y volverse poliédrico, sofisticado, legítimamente sesudo. En La piel que habito da la impresión de que para Almodóvar no hay vuelta atrás en esta dirección. La buena noticia es que además no hay una sola renuncia a sus valores estéticos y su discurso. Precisamente porque este director ha decidido no repetirse, no petrificarse ni convertirse en una etiqueta con forma y fondo de refrito. Con Elena Anaya y su recién -¿casual?- salida lesbianita del armario, Almodóvar nos está echando un cable. Una botella al mar con un cable. Para que nos pongamos en su piel, en la de millones de personas que habitan un cuero que no siempre sienten como el mas oportuno, el más ajustado, y contra el que sólo les cabe la colaboración. Con La piel que habito, Almodóvar se fue de nuevo de vacío del último festival de Cannes –al que se había prometido no regresar-, y de momento sólo recibe comentarios equilibristas con tufillo a “desencanto”. A menudo se equivocan queriendo ver un thriller en ella. Pero este señor es también de los que se duermen en los entierros de su generación, y como es de esperar crece volando. Ya lo alcanzarán las venideras. Europa451 Artículos relacionados CommentsLeave a Reply | Infórmate con E451
AutoresPedro Picón y Fernando Navarro son editores de Europa451.es ArchivosNoviembre 2011 CategoríasAll Mención Legal
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