Taxi de campaña del UKIP (Foto, UKIP)
Taxi de campaña del UKIP (Foto, UKIP)
INFORMACIÓN I El pasado jueves 19 de noviembre, mientras toda Europa concentraba su tensión en el Consejo europeo para las nominaciones, el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP) lanzaba en Internet una gran petición para la organización de un referendo sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE.

El líder de los ultra-conservadores antieuropeos en la Eurocámara, Nigel Farage, ha declarado: "Es una verdadera suerte para el pueblo británico que, cualquiera que sea el próximo gobierno [los británicos tienen elecciones generales en mayo de 2010], pueda manifestar su cansancio de las mentiras y que quieren tener su turno de palabra en cuanto a la pertenencia de su país a la UE".

El objetivo, aun siendo utopista, consiste en forzar al gobierno de Brown o al que venga después a consultar la opinión de los ciudadanos del Reino Unido con la esperanza de que se manifiesten encontrar de la pertenencia a la UE y obtener aquello con lo que sueña el UKIP desde su nacimiento: salir de la UE y devolver a la corona toda su soberanía.

En cuanto a la forma, es interesante subrayar que Farage usa de manera indirecta una de las posibilidades otorgadas por el nuevo Tratado de Lisboa, que prevé por vez primera que un país pueda retirarse de la UE (art.50), algo que no se preveía en los tratados anteriores hasta el 1 de enero de 2009). Para alguien que critica con tanta dureza la Unión y el nuevo tratado, resulta que también tiene ventajas.

Es lo que se informaba desde las páginas de Europa451 acerca de los euroescépticos durante la campaña del referendo irlandés en septiembre pasado. Votar Sí es del interés de los antieuropeos, pues les permitirá retirarse de la UE.

Lo que queda ahora por saber es si este derecho empujará a un gobierno británico, incluso conservador, a tentar al diablo. Y es que criticar a la Unión es una cosa, mientras retirarse de ella es otra bien distinta, por la pérdida de influencia y oportunidades que ello comporta. David Cameron previsible futuro primer ministro tras las elecciones de 2010, será quien decida sobre esta temeridad.  

Jean-Sébastien Lefebvre
Europa451

 
 
CRÍTICA I El panorama del cine europeo nos ofrece en los meses venideros dos cintas de censo histórico sobre el rol que Noruega y Checoslovaquia jugaron en la resistencia al nazismo.

Checoslovaquia fue invadida en 1938 por las tropas de Hitler sin ofrecer resistencia al invasor. Un par de años más tarde, Noruega, ante el temor que provocaba a su gobierno democrático que las tropas soviéticas estuvieran a tan sólo 150 kilómetros de su frontera, decidió dejar invadirse por la Alemania nazi.

La mala conciencia es un asunto muy molesto, sobre todo cuando se trata de competir con las historias a veces heroicas de otros pueblos de Europa. Este año, las industrias cinematográficas de Chequia y Noruega han decidido quitarse una espinita y hacerse un lifting histórico para presumir de héroes antinazis.
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Fotograma de Max Manus
Con la cinta Max Manus, de los directores Roening y Sandberg, descubrimos la figura del resistente más famoso del grupo de Oslo, que entre otras cosas se dedicaba a sabotear los barcos nazis fondeados en su puerto. Se trata de una película muy costeada en la que durante dos horas nos cuentan de forma lineal cómo Manus escapa una y otra vez de las garras de intendente alemán de la zona, mientras adiestra a compatriotas en el arte del boicot y la resistencia. Una historia más, si no fuera por un final de victoria matizada en la que por fin se plantean las verdaderas cuestiones en la vida de un soldado de la resistencia: “Todos mis amigos se han muerto, no tengo estudios, no tengo trabajo y ni siquiera te tengo a ti”, exhala Aksel Hennie enfundado en el personaje protagonista.

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Fotograma del filme Tobruk
Tobruk, la cinta checa, es aún más banal. Relato lineal de estructura errática sobre los batallones checos que mantuvieron sus posiciones frente a las líneas del nazi Rommel en Egipto, en las inmediaciones de Tobruk. Quizá el único detalle interesante sea la comparación entre el idealismo con el que se alistan los jóvenes Jiri y Jan, y el espíritu del ex legionario Kohàk, para quien la guerra es una profesión.

Demasiadas veces, cuando el cine europeo se aventura en relatos históricos, cae en el moralismo y el nacionalismo fácil, lacrimógeno o sencillamente falto de riesgo alguno. No sorprende, no alimenta, ni siquiera ilustra.

Fernando Navarro Sordo
Europa451
 
 
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Torre Eiffel con colores de la UE (f. Caradec/Flickr)
OPINIÓN I Sarkozy ya lo había anunciado durante su campaña electoral: “No permitiré que la extrema derecha monopolice el debate sobre la identidad nacional”. La extrema derecha le votó a él y enseguida creó el ministerio de la Identidad Nacional, un ovni en la Europa de hoy, dirigido además por un ex socialista. Ha escogido el momento más oportuno para sus intereses a la hora de lanzar una campaña nacional para definir qué es ser francés: en mitad de la crisis económica.

En España, el tema de la identidad nacional vuelve cada dos por tres a las tribunas de los medios de comunicación. “No conozco un país en Europa que se pregunte más veces que España por su identidad”, suele afirmar el periodista Iñaki Gabilondo a menudo en público. La confrontación de nacionalismos periféricos y centralistas es la causa. En Francia esto sucede como mucho en periodos preelectorales para avivar la llama del sentimiento nacional, pero ahora parece querer sumarse a la dinámica existencialista ibérica. Y es que aunque Francia y sus pretendidos valores deseen ser universales, en los últimos tiempos siente vivir en ausencia de suficientes reglas.

Todos a darle a la coco

Cuando Eric Besson, ministro francés de Inmigración e Identidad Nacional, anunció que lanzaría una reflexión sobre qué significa ser francés, avisó a todos los cargos electos que les pondría a trabajar, incluidos los eurodiputados galos. Examinando la prensa desde hace varios días, Europa451 observa un regreso de los viejos discursos con pocas innovaciones intelectuales.

Cabe preguntarse si en 2009 la identidad de cualquier país europeo es un compartimento estanco. Jamás en la Historia de Europa las interacciones entre Estados han sido tan numerosas e intensas.

A pocos días de su festividad nacional, Nicolas Sarkozy quiere transformar el 11 de noviembre, símbolo por excelencia del sacrificio del soldado francés en la primera guerra mundial, en el día de Francia y Alemania. Todo un gesto de buena voluntad si recordamos que la identidad francesa se ha construido a menudo por oposición a la de sus vecinos germanos. Incluso con argumentos basados en el derecho de sangre. Ernest Renan en 1883, durante un discurso en la universidad de la Sorbonne, ya abrió la ventana a que la identidad se construyera en base a valores compartidos que exigen un "plebiscito cada día".
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(Imagen, Comisión europea)
1992, el año del ciudadano

Desde entonces, nuestras fronteras se han derrumbado más deprisa de lo que se habían erigido. Hoy, un simple DNI basta para transitar desde Lisboa a Helsinki. El corolario es al visible auge de la movilidad estudiantil y laboral de los europeos, así como su creciente multilingüismo. Cada país tiene su barrio internacional, cada vez más dinámico y protagonista: el distrito europeo de Bruselas, la City de Londres, la Défense en París, la Castellana en Madrid, etc.

En este alegre desorden, los franceses no se quedan atrás ni replegados en su vieja nación, como podrían pensar muchos. Son, por ejemplo los que más participan del programa Erasmus, y sus expatriados son legión: 300.000 en el Reino Unido, 200.000 en Bélgica, 160.000 en Alemania, 82.000 en España, 5.000 en Polonia, etc. Todos ellos han comprendido que aunque su nacionalidad sea la francesa, su ciudadanía es europea. Sobre todo desde que en 1992 el Tratado de Maastricht pariera su artículo 8, que recuerda que “es ciudadano de la Unión europea toda persona con la nacionalidad de uno de los Estados miembro” y que “los ciudadanos de la UE gozan de los derechos y se someten a las obligaciones previstas por este Tratado”.

En este último detalle reside el desafío de la nueva identidad en Europa. En el equilibrio entre nacionalidad y ciudadanía el Tratado es muy claro. Poseer la nacionalidad de un Estado miembro de la UE confiere de manera automática la ciudadanía europea.

¿Todos franceses?

El siglo XIX permitió la emergencia del Estado-nación, concepto en el que la nacionalidad y la ciudadanía se funden, y que explica el final de imperios como el austro-húngaro o el otomano incompatibles con esta idea. En cambio, desde 1945 ciudadanía y nacionalidad se van despegando de nuevo poco a poco. De tratado en tratado y en nuestras vidas diarias, la ciudadanía escapa cada vez más de las garras de nuestros Estados, substituidos en este punto por la Unión europea. Los órganos que hoy protegen al ciudadano son más que nada el Europarlamento, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas o la Carta Europea de Derechos Fundamentales.

De ahí que el debate que se abre en Francia suene a desfasado. Varias personalidades declaran en los últimos días que ser francés es respetar los valores de la democracia, de los Derechos Humanos y de la libertad. Si tal es el caso, toda Europa es francesa. Estos valores son los de todo un continente y mucho más. Mantener este discurso bastaba cuando media Europa sufría el yugo soviético y el fascista.

Una migración vertical

Lo complejo del fenómeno es que es vertical, y confluye hacia la creación de un nuevo conjunto mayor que los precedentes, mientras la tendencia actual es la inversa. Desde hace varios años, asistimos al desarrollo de identidades individuales, horizontales, como la sexual, la religiosa, la regional, etc. A la hora de la globalización y de una mayor interconexión en nuestro planeta, el repliegue sobre sí mismo es un valor de refugio. Para quienes lo hayan vivido, a menudo es más sencillo sentirse español o francés durante un viaje al extranjero que en el propio país, pues es cuando la identidad propia, de manera inconsciente, se confronta a la de los demás.

En 2009, ser francés o ser español no puede definirse sin el elemento europeo. A partir de ahí es fácil concluir que ser español es más bien la suma de ciertos usos y costumbres (celebrar la fiesta de los reyes magos, por ejemplo), de determinados conceptos particulares (la relación con el Estado) y de su jerarquía (la sociedad francesa privilegia la igualdad, mientras los británicos anticipan la libertad), de referencias culturales o intelectuales (estudia el Quijote en la escuela y ver todas las noches la noticias del guiñol) o de estilos gramaticales (un solo verbo amar en francés mientras los alemanes poseen dos) lo que construye la identidad nacional. Todo lo demás depende de la ciudadanía. Para franceses, españoles, polacos, búlgaros  o alemanes, la ciudadanía es europea.

Jean-Sébastien Lefebvre
Europa451

 

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