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Wouter Bos quiere quitarse el ministerio de Economía (F. roel1943/Flickr)
OPINIÓN I ¡Haz las elecciones y no la guerra! Afganistán no tiene nada que ver con la implosión del gobierno holandés. El único muerto que se quieren quitar los socialdemócratas en Holanda es el del Ministerio de Economía.

El gobierno holandés estalló por los aires el fin de semana pasado. La prensa internacional y una parte casi unánime de los analistas dan pábulo a la teoría de que los socialdemócratas que participaban en la coalición de gobierno se han marchado porque no quieren que las tropas holandesas permanezcan en Afganistán y porque estando las elecciones regionales a la vuelta de la esquina, quieren hacer caja electoral.

Sin embargo, todo esto es falso. Forzando unas elecciones nacionales holandesas anticipadas, los socialdemócratas saben que el panorama electoral nacional no va a cambiar sustancialmente. Por un lado, la crisis económica no beneficia a su principal socio de gobierno, el partido democristiano de Jan Peter Balkenende. Por otro lado, los socialdemócratas habían pactado que las tropas holandesas se quedaran en Afganistán hasta el 31 de diciembre de 2010 y esto no sólo sigue en pie, sino que no lastraba su imagen frente al electorado.

Es cierto que el 65% de los holandeses desean la retirada de su ejército de Afganistán, y por ahí los socialdemócratas lograrán recuperar el voto perdido en los últimos años. Ahora bien, lo que más pesa en la imagen de los socialdemócratas es que su líder, Wouter Bos, era hasta ahora el ministro de Economía. Es decir, el responsable en el último año y medio de adoptar las medidas más impopulares para frenar los efectos de la crisis en su país. Una vez adoptadas las políticas de rigor presupuestario, los socialdemócratas desean una simple renegociación de carteras en el gobierno de Balkenende.

Esto significa que cuando sucedan las nuevas elecciones holandesas y los mismos partidos deban formar nuevo gobierno en Holanda, los socialdemócratas –indispensables para formar dicho gobierno- solicitarán ocupar las carteras más benévolas a la hora de presentarse ante la opinión pública: Exteriores, Cultura, Innovación, etc. De este modo, y coincidiendo con la salida de la crisis, redorarán su reputación y se prepararán para dar un salto de calidad electoral con una nueva crisis que implique nuevas elecciones que ellos puedan ganar. Y así presidir el gobierno en un par de años como mucho.

¿Y el extremista Gerd Wilders qué papel juega en todo esto? El de quitarle votos al centro derecha para que centro derecha y centro izquierda se mantengan equilibrados a la hora de negociar la composición del próximo nuevo gobierno holandés.

Fernando Navarro Sordo
Europa451

Fotos: roel1943/Flickr 6 vtveel/Flickr

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Torre Eiffel con colores de la UE (f. Caradec/Flickr)
OPINIÓN I Sarkozy ya lo había anunciado durante su campaña electoral: “No permitiré que la extrema derecha monopolice el debate sobre la identidad nacional”. La extrema derecha le votó a él y enseguida creó el ministerio de la Identidad Nacional, un ovni en la Europa de hoy, dirigido además por un ex socialista. Ha escogido el momento más oportuno para sus intereses a la hora de lanzar una campaña nacional para definir qué es ser francés: en mitad de la crisis económica.

En España, el tema de la identidad nacional vuelve cada dos por tres a las tribunas de los medios de comunicación. “No conozco un país en Europa que se pregunte más veces que España por su identidad”, suele afirmar el periodista Iñaki Gabilondo a menudo en público. La confrontación de nacionalismos periféricos y centralistas es la causa. En Francia esto sucede como mucho en periodos preelectorales para avivar la llama del sentimiento nacional, pero ahora parece querer sumarse a la dinámica existencialista ibérica. Y es que aunque Francia y sus pretendidos valores deseen ser universales, en los últimos tiempos siente vivir en ausencia de suficientes reglas.

Todos a darle a la coco

Cuando Eric Besson, ministro francés de Inmigración e Identidad Nacional, anunció que lanzaría una reflexión sobre qué significa ser francés, avisó a todos los cargos electos que les pondría a trabajar, incluidos los eurodiputados galos. Examinando la prensa desde hace varios días, Europa451 observa un regreso de los viejos discursos con pocas innovaciones intelectuales.

Cabe preguntarse si en 2009 la identidad de cualquier país europeo es un compartimento estanco. Jamás en la Historia de Europa las interacciones entre Estados han sido tan numerosas e intensas.

A pocos días de su festividad nacional, Nicolas Sarkozy quiere transformar el 11 de noviembre, símbolo por excelencia del sacrificio del soldado francés en la primera guerra mundial, en el día de Francia y Alemania. Todo un gesto de buena voluntad si recordamos que la identidad francesa se ha construido a menudo por oposición a la de sus vecinos germanos. Incluso con argumentos basados en el derecho de sangre. Ernest Renan en 1883, durante un discurso en la universidad de la Sorbonne, ya abrió la ventana a que la identidad se construyera en base a valores compartidos que exigen un "plebiscito cada día".
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(Imagen, Comisión europea)
1992, el año del ciudadano

Desde entonces, nuestras fronteras se han derrumbado más deprisa de lo que se habían erigido. Hoy, un simple DNI basta para transitar desde Lisboa a Helsinki. El corolario es al visible auge de la movilidad estudiantil y laboral de los europeos, así como su creciente multilingüismo. Cada país tiene su barrio internacional, cada vez más dinámico y protagonista: el distrito europeo de Bruselas, la City de Londres, la Défense en París, la Castellana en Madrid, etc.

En este alegre desorden, los franceses no se quedan atrás ni replegados en su vieja nación, como podrían pensar muchos. Son, por ejemplo los que más participan del programa Erasmus, y sus expatriados son legión: 300.000 en el Reino Unido, 200.000 en Bélgica, 160.000 en Alemania, 82.000 en España, 5.000 en Polonia, etc. Todos ellos han comprendido que aunque su nacionalidad sea la francesa, su ciudadanía es europea. Sobre todo desde que en 1992 el Tratado de Maastricht pariera su artículo 8, que recuerda que “es ciudadano de la Unión europea toda persona con la nacionalidad de uno de los Estados miembro” y que “los ciudadanos de la UE gozan de los derechos y se someten a las obligaciones previstas por este Tratado”.

En este último detalle reside el desafío de la nueva identidad en Europa. En el equilibrio entre nacionalidad y ciudadanía el Tratado es muy claro. Poseer la nacionalidad de un Estado miembro de la UE confiere de manera automática la ciudadanía europea.

¿Todos franceses?

El siglo XIX permitió la emergencia del Estado-nación, concepto en el que la nacionalidad y la ciudadanía se funden, y que explica el final de imperios como el austro-húngaro o el otomano incompatibles con esta idea. En cambio, desde 1945 ciudadanía y nacionalidad se van despegando de nuevo poco a poco. De tratado en tratado y en nuestras vidas diarias, la ciudadanía escapa cada vez más de las garras de nuestros Estados, substituidos en este punto por la Unión europea. Los órganos que hoy protegen al ciudadano son más que nada el Europarlamento, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas o la Carta Europea de Derechos Fundamentales.

De ahí que el debate que se abre en Francia suene a desfasado. Varias personalidades declaran en los últimos días que ser francés es respetar los valores de la democracia, de los Derechos Humanos y de la libertad. Si tal es el caso, toda Europa es francesa. Estos valores son los de todo un continente y mucho más. Mantener este discurso bastaba cuando media Europa sufría el yugo soviético y el fascista.

Una migración vertical

Lo complejo del fenómeno es que es vertical, y confluye hacia la creación de un nuevo conjunto mayor que los precedentes, mientras la tendencia actual es la inversa. Desde hace varios años, asistimos al desarrollo de identidades individuales, horizontales, como la sexual, la religiosa, la regional, etc. A la hora de la globalización y de una mayor interconexión en nuestro planeta, el repliegue sobre sí mismo es un valor de refugio. Para quienes lo hayan vivido, a menudo es más sencillo sentirse español o francés durante un viaje al extranjero que en el propio país, pues es cuando la identidad propia, de manera inconsciente, se confronta a la de los demás.

En 2009, ser francés o ser español no puede definirse sin el elemento europeo. A partir de ahí es fácil concluir que ser español es más bien la suma de ciertos usos y costumbres (celebrar la fiesta de los reyes magos, por ejemplo), de determinados conceptos particulares (la relación con el Estado) y de su jerarquía (la sociedad francesa privilegia la igualdad, mientras los británicos anticipan la libertad), de referencias culturales o intelectuales (estudia el Quijote en la escuela y ver todas las noches la noticias del guiñol) o de estilos gramaticales (un solo verbo amar en francés mientras los alemanes poseen dos) lo que construye la identidad nacional. Todo lo demás depende de la ciudadanía. Para franceses, españoles, polacos, búlgaros  o alemanes, la ciudadanía es europea.

Jean-Sébastien Lefebvre
Europa451

 
 
El futuro ministro de Exteriores alemán, el liberal Guido Westerwelle, sólo hablará alemán en Alemania. La prensa internacional critica su falta de cintura o de preparación, pero la realidad es que una nueva generación de políticos nacionalistas va copando el poder en Alemania.
Las elecciones alemanas han aupado al poder compartido al partido liberal FDP, dirigido por el presuntuoso Guido Westerwelle. Es tradición en las coaliciones entre democristianos y liberales en el país teutón que la cartera de exteriores vaya a parar para los liberales. Es sabido por todos que el idioma inglés es la referencia en las relaciones diplomáticas y dominarlo o usarlo cuando otra persona no habla otro idioma es síntoma de flexibilidad y apertura política.

No obstante, Guido Westerwelle en Alemania ha decidido contestar sólo en Alemán a preguntas de periodistas, lo cual se puso de manifiesto el 4 de octubre ante un corresponsal de la BBC de Londres.  La pregunta en inglés, muy sencilla y fácilmente formulable en alemán incluso para ciudadanos ingleses algo acostumbrados a no hacer esfuerzos en otros idiomas: “¿Qué cambios verá el mundo en la política exterior alemana con usted al frente del ministerio?”.

Durante una semana, la prensa internacional se ha dedicado a cuestionar la capacidad negociadora y de representación de Westerwelle como futuro ministro de Exteriores. El análisis es un error por dos motivos.

Por un lado, la intención de Westerwelle no era demostrarle al mundo que está pez en inglés, sino decirle claramente al mundo que los alemanes están cada vez más orgullosos de serlo y de demostrar que así es. Desde hace una década, la actitud de Alemania en el exterior, sin dejar de ser constructiva, sí ha abandonado su tradicional pudor identitario. Han pasado 70 años desde los horrores cometidos por este país en la Segunda Guerra Mundial y las nuevas generaciones políticas no necesitan estar de continuo pidiendo perdón con su actitud anacionalista.

Por otro lado, los partidos liberales europeos –el alemán a la cabeza- comprenden desde hace décadas que existe para ellos un techo de cristal electoral que no logran superar. Alrededor del 15% de los votos. En cualquier contexto político, favorable o desfavorable, las opciones liberales no seducen a más electorado que ese. Guido Westerwelle lo ha comprendido y no se resigna a haber alcanzado el cénit de su carrera, más aún si cabe por cuanto que es un político joven, de 47 años. De este modo, los liberales deben encontrar un factor nuevo de voto que explotar y que las otras opciones no hayan capitalizado.

En el caso alemán, es el nacionalismo o el renacer de un orgullo patrio, que las nuevas generaciones no relacionan en absoluto con el pasado nazi país, sino con el derecho a liberarse de la actitud acomplejada de los alemanes en el exterior.  No hay que pasar por alto que en los sucesivos congresos de los liberales alemanes de los últimos años, Westerwelle ha expresado en repetidas ocasiones que el proyecto liberal en Alemania no es ir de comparsa, sino convertirse en una opción hegemónica.

Fernando Navarro Sordo
Europa451
 

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    Pedro Picón y Fernando Navarro son editores de Europa451.es
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