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Foto: ARTESAGRA@MONDOPOPGALLERYRoma
ANÁLISIS I Incluso la izquierda italiana propuso en diciembre de 2009 una ley que obligara a colocar un crucifijo en las escuelas públicas de Italia en respuesta a la sentencia dictada por la Corte Europea de Derechos Humanos del 3 de noviembre de 2009.

El pasado 26 de enero, el minisdtro italiano de Asuntos Exteriores, Franco Frattini, se desplazó hasta el Consejo de Europa, en Estrasburgo, con una misión muy concreta: apoyar la inclusión de una referencia a las raíces cristianas de Europa en el Tratado de Lisboa. De paso aprovechó para defender el recurso interpuesto por Italia ante la CEDH (que depende del Consejo de Europa), contra la mencionada sentencia, alegando que la decisión del tribunal choca de frente con "un sentimiento muy profundo del pueblo italiano y un principio fundamental de la identidad del país".

La apelación concierne la decisión del 3 de noviembre de 2009. Por entonces, la Corte estimó que "la presencia de crucifijos en las aulas públicas italianas atentaba contra la libertad de conciencia y el derecho de cada cual a recibir una instrucción confrome a sus convicciones". La sentencia provocó un intenso debate un vif débat dans le pays, coincidiendo con el referendo negativo sobre la construcción de minaretes en Suiza.

¿Tufillo fascista?

Con la esperanza de contrarrestar esta decisión del tribunal, once senadores del Partido Democratico italiano (PD, izquierda), como Stefano Ceccanti, Vannino Chiti, Franca Chiaromonte, Mauro Del Vecchio, Roberto Di Giovan Paolo, Paolo Giarretta, Giuseppe Lumia, Alberto Maritati, Roberta Pinotti, Giorgio Tonini y Tiziano Treu, presentaron el 18 de diciembre una propuesta de ley para obligar a los centros públicos a colgar un crucifijo en cada aula.

Los impulsores de este proyecto de ley se han inspirado de los estatutos bávaro y castellanoleonés que permiten que haya crucifijos en las aulas a menos que los padres soliciten su retirada. Desean así tapar el “agujero legislativo” sobre la cuestión, pues la ley italiana no explicita nada al respecto. Y es que los símbolos religiosos ya eran obligatorios en Italia durante la dictadura fascista de Benito Mussolini, y hoy aún se consideran "muebles obligatorios" desde que así lo estableciera en 1964 una circular del ministerio del Interior.  En 1984, un nuevo concordato entre la Iglesia y el Estado italiano establece que el catolicismo deja de ser una religión de Estado, pero no entra a valorar la presencia de los crucifijos en las aulas.

Cruces a granel

El tema sobrevuela de forma periódica el debate público italiano, y no sólo en la bancada de la derecha. La propuesta del PD se traduce a tres puntos:
- “Considerando la cultura religiosa, el patrimonio histórico del pueblo italiano y la contribución a los valores del constitucionalismo, se colgará en cada aula un crucifijo como signo del valor y de los límites de las constituciones occidentales.”
- “Si la presencia de tal crucifijo es contestada por motivos religiosos o de conciencia, el director del establecimiento –sobre la base del principio de autonomía de cada centro educativo- tendrá, en el respeto de la vida privada et según el principio de no discriminación, buscar un acuerdo incluso con la posibilidad de exponer símbolos de otras religiones.”
- “Si el jefe del establecimiento no hallara una solución, el consejo de la institución tomará el relevo con el objetivo de una solución que garantice el respeto de las convicciones religiosas y de conciencia de todos los alumnos.”

La imposición de la cruz iría, pues, a la par con la posibilidad de añadir otros símbolos según las creencias y convicciones de otros alumnos. ¿Tocará entonces asistir al desfile de símbolos islámicos, judíos o budistas en las escuelas italianas? Por cierto, ¿cuál es el símbolo de un ciudadano laico o directamente ateo o agnóstico?

Una Italia en busca de sí misma

Los once famosos senadores se han inspirado del pensamiento de Augusto Barbera, profesor de derecho constitucional de la Universidad de Bolonia y ex diputado comunista e izquierdista. Según éste último, la Corte europea de Justicia, en su decisión del 3 de noviembre, se basó en las corrientes laicas practicadas en Francia o Turquía, muy alejadas del pensamiento italiano. Añadiendo que "incluso quienes no profesan fe alguna no pueden ignorar que Jesús es uno de los grandes protagonistas de la Historia de la humanidad. Su sacrificio alimentó movimientos religiosos fundamentales para los valores de Europa y para el constitucionalismo liberal-demócrata".

El crucifijo, de pronto, no vendría a ser un símbolo religioso, sino cultural de toda una nación. Algo así como la bandera. En un país joven como Italia, en el que la conciencia nacional sigue siendo frágil, el crucifijo y las raíces religiosas aparecen como valores de refugio al tiempo que la integración de los inmigrantes le impone nuevos retos.

Francesca Barca
Europa451

 


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