
¿El final de la tolerancia?
¿Qué sucede en Holanda, un país de tradición liberal y progresista en el plano social y cultural? “¿Qué pasa con la inmigración? Pues que aunque en Holanda siempre hayamos antepuesto una fachada de tolerancia, los extranjeros siempre nos han irritado”, cuenta Abram de Swaan, sociólogo y director del Instituto de Estudios Sociales de Ámsterdam. Los Países Bajos han sido la meta de los inmigrantes: en los años cincuenta vinieron los italianos, los españoles, los polacos y los portugueses. Los musulmanes empezaron a llegar en los años sesenta y setenta: “En un principio eran ‘trabajadores-invitados’ provenienmtes de Marruecos o Turquía, sin familia. Además, no eran musulmanes muy practicantes".
Cuando empezaron a traerse a la familia surgió un cierto resentimiento por parte de la población”, reitera De Swaan. “Y es que la política holandesa nunca fue favorable a una integración socioeconómica de los inmigrantes en los años cincuenta y sesenta. La necesidad de mano de obra extranjero no iba a la par con una política de integración. Aquello era una política de ‘aprovechamiento inmediato’ de una inmigración percibida como provisional.”
Licia Brussa, veterana socióloga amsterdamesa experta en migraciones añade: “En los años cincuenta, los italianos desplazados hasta Bélgica y Holanda vivían en barracones en las afueras de las ciudades. Llegó un momento en que se comprendió que estas personas habían llegado para quedarse, pero entretanto llegó la crisis de la gran industria. El texil se derrumbó, los astilleros navales tuvieron que reconvertirse, y los primeros en recibir el golpe fueron los extranjeros, entre los que cundía la enfermedad y el paro. Esto generó una fractura social. Y mientras tanto, dando a luz a más y más críos”.
Brussa, en su papel de militante por los derechos de los inmigrantes, asegura que en su día hubo muchas luchas en el plano colectivo, lográndose obtener financiación pública para que las asociaciones de inmigrantes desarrollaran sus iniciativas de integración: “Había dinero para todo. Más tarde, nos dimos cuenta de que no era positivo porque provocaba divisiones entre los interesados y se sobredimensionó un mecanismo de asistencia social sin planes de desarrollo individual y de oportunidades reales, sin ayudas para estudios, empleo, etc... Un sistema excesivamente asistencialista”. De ahí que aún “parezca Holanda un país tolerante. Pero no lo es. Es un país que aísla. Se han desarrollado políticas de “contentamiento” a cambio de paz social. El mito de la tolerancia neerlandesa es, en realidad, un modelo basado en el control que desemboca en la creación de guetos”.
Demasiado Estado del bienestar y sentimiento de culpa
¿Debemos echarle la culpa al Estado del Bienestar? Para Abram de Swaan, a partir de la década de los cincuenta, el Estado del bienestar se desarrolló con políticas siempre más generosas hacia los trabajadores inmigrantes, garantizándoles los mismos derechos que a los holandeses. De este modo, “muchos gozaron de toda clase de ayuda, sobre todo quienes padecían algún tipo de invalidez. ¿¡Cómo negarles estos derechos!?
Pero las trampas empezaron a surgir enseguida: casi todas estas personas se volvieron ociosas, perdieron el contacto con la sociedad y su único pasatiempo era la mezquita. Esto fue un resultado perverso del Estado del bienestar”. De Swaan añade una reflexión sobre el pasado: “Sobrevolaba sobre nosotros un pensamiento que nadie se atrevía a verbalizar. No había que caer con los musulmanes en el maltrato con el que se sometió a los judíos. Aunque Holanda se resistió al nazismo, tampoco faltaron las deportaciones de judíos hacia los campos de exterminio, y eso nos hacía sentir culpables. Con todo, tratábamos a los musulmanes con desprecio y les dábamos los peores empleos: la regla inconfesa que suele aplicarse a los que llegan los últimos”.

Este “doble discurso”, como lo define De Swaan, se ha desvanecido gracias a Wilders y, antes que él, gracias al asesinado Pim Fortuyn, la figura política de la que Wilders se inspira. Mediante la propagación de un discurso agresivo, el PVV ha provocado una normalización del debate. Ahora bien, De Swaan advierte que una derecha como la del Front National francés en Holanda sería impensable: el propio Wilders, como en su día Pim Fortuyn, es un firme partidario de la causa homosexual y presenta un programa social muy semejante al de los partidos de izquierdas. “Wilders es el último de una serie de hombres políticos que tratan de crear una derecha coherente con un discurso muy antirreligioso. El problema de Wilders es que tiene una noción ‘esencialista’ de la religión”.
Por su parte, Bob Van den Bos sostiene que “el éxito de Wilders se debe a que ha tocado un aspecto fundamental de nuestra cultura: somos un país de gente ‘discreta’, en el sentido de que nadie debe pretender salirse de la fila y ser distinto a su vecino. Una visión muy calvinista de la vida. Con la llegada de personas con una religión y un idioma distintos, que además reclaman su derecho a ser diferentes, se ha producido la reacción”.

Es menester señalar que las disposiciones legales de inmigración en Holanda son bastante rígidas. Desde 2006 está en vigor una ley que limita el acceso al país, condicionándolo a pasar un examen de idioma y a pagar una “tasa” de 350 euros para obtener una “prueba de integración” previa a otro examen, éste sobre cultura general y valores nacionales. Asimismo, se han endurecido las condiciones para el reagrupamiento familiar y la obtención de asilo político.
Si atendemos a un reciente sondeo realizado por la cadena de televisión NCRV, el 76% de los musulmanes en los Países Bajos dice “sentirse en casa en Holanda”, si bien el 57% de los entrevistados asegura que este sentimiento se ha debilitado desde que la propaganda del PVV se ha hecho más presente. En paralelo, dos musulmanes sobre cinco entrevistados declaran haber padecido actos de discriminación desde el aumento en la popularidad de Wilders. Un sorprendente 18% se muestra de acuerdo con los argumentos del PVV.
La joven Naual Loiazizi contraviene este punto de vista. De padres marroquíes y miembro desde hace años de la asociación Marokkaanse Vrouwen Vereniging Nederland (MVVN, Fundación de Mujeres Marroquíes en los Países Bajos), ha nacido y crecido en Holanda, en donde también se ha licenciado y trabaja. Loiazizi señala diferencias entre los inmigrantes de primera y de segunda generación en términos de apertura mental, “por lo general, los hijos de los inmigrantes poseen un nivel de instrucción medio y alto, y mejores empleos que sus padres. Creo que se sienten más ciudadanos del país”.
Para ella, lo de Wilders es pura propaganda: “Políticos como Fortuyn y Wilders sólo logran que me sienta aún más orgullosa de mi diferencia, es decir del hecho que soy una mujer, una licenciada, una trabajadora, una marroquí y una musulmana. Eso sí, no me siento ‘más musulmana’, sino más ciudadana del mundo”. Por ello, comprobar que el alcalde de Rotterdam, Ahmed Abutaleb, es marroquí, demuestra que hay signos exitosos de integración. Con todo, de los 9.500 regidores municipales en los Países Bajos, sólo 163 son de origen turco, y 66 de origen marroquí: el 2,4% del total.
Francesca Barca
Fotos: bicylemark/Flickr; wimlex.nl/Flickr; Charles Fred/Flickr

















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