Esta investigación, a diferencia de otra precedente (Les banlieues de l’islam, Ed. Seuil. 1985) elaborada por Gilles Kepel y su equipo, se concentra sobre un aglomerado de conceptos –considerado en todos los sentidos– en el que el islam juega un papel importante en superposición de otros temas: el urbanismo, la educación, el trabajo, la seguridad, la política o la religión en general.
Bajo el título de Banlieue de la République (“Suburbios de la República”, con página web incluida), presenta a los ciudadanos de estos suburbios en sus apartamentos, en los transportes públicos que utilizan, en las escuelas y en ls escasos espacios públicos de relación social de que disponen. “Nuestro cometido ha sido el de contribuir a hacer comprensible, observando lo cotidiano, cómo se materializa –o no– la promesa republicana”, anuncia Kepel en el capítulo introductorio del informe. La investigación se ha obtenido tras entrevistar a 100 personas casi siempre en francés, aunque también en árabe, en turco, en camboyano, inglés, peul y soninké. Dos tercios de los entrevistados han afirmado ser musulmanes, el resto eran cristianos, budistas, judíos o ateos.
“Clichy-Montfermeil se hizo famosa por sus disturbios en otoño de 2005, cuya motivación –a pesar de los relatos en la prensa– es aún un misterio. Aquellos motines, aparte de la espectacular dimensión que adquirieron, golpearon en sus fundamentos el mantra en el que se basa la Francia moderna, implícitamente compartido, y según el cual esta nación siempre es capaz de integrar a cualquier forastero con independencia de problemas sociales, culturales o étnicos, así como aquellos que les acompañan para quedarse en el país, sobre todo los hijos, nacidos o no en el suelo de la nueva patria, educados en las escuelas de la República y embebidos, pues, de los valores comunes que les inculca la institución”, explica Kepel.
La diferencia con los motines de 2005
Los trabajos llevados a cabo desde 2005 han tendido a demostrar cómo estos jóvenes que quemaban automóviles no hacían sino proclamar a gritos su pertenencia a una nación francesa que los rechazaba. Los sondeos publicados enseguida, mostraron cómo la propensión de estos musulmanes, por ejemplo al matrimonio mixto o a la apertura hacia los judíos, eran señales inequívocas de que el recorrido de integración estaba funcionando.
La presente investigación en Clichy-Montfermeil cuestiona, sin embargo, esta conclusión. Ahora, se observa de hecho una lógica de construcción comunitaria en torno al islam que, si por un lado se ha alejado de la sociedad francesa en general, por el otro camina hacia sus raíces republicanas por encima de las adversidades sociales.
Entre estos dos polos, dice Kepel, se evidencia una amplia gama de actitudes personales que tratan de negociar sus situación en función de los recursos culturales y materiales disponibles: algunos formulan exigencias identitarias en la órbita de la práctica halal, mientras otros subrayan una agenda política islámica, y los hay que se mueven en un ámbito profesional laico y asociativo para la defensa del medioambiente, el acceso al empleo o la formación.
Estos suburbios explican una realidad, a la vez que representan una contra-tendencia con respecto del resto de Francia: aquí la mayoría si dice contraria al matrimonio con un no musulmán, mientras que en el resto del país sucede lo contrario; aquí casi todos los hombres entrevistados aseguran ir de manera regular a la mezquita, cuando en el resto de Francia apenas un tercio lo hace.
¿Qué tienen de particular estos suburbios? La mayor parte de su población es musulmana, los transportes públicos escasean, la desocupación dobla la media nacional y la influencia de los predicadores es fuerte desde los años ochenta.
Otra de las cosas que han cambiado desde 1985, además de que son muchos más los musulmanes franceses, es la ubicuidad de la alimentación halal entre esta población. El halal comprende ahora un espectro que va más allá de la simple alimentación, definiendo de manera más amplia lo lícito y lo ilícito para un buen musulmán. Jadiya, una madre de origen marroquí, cuenta: “El halal significa no dejar entrar en casa cosas robadas. El halal significa dar a comprender a sus hijos que deben ser honestos. El halal es no juntar dinero ganado mediante el trabajo y el dinero sucio. El halal es ser fiel al propio marido, a los hijos, a los amigos. Es un concepto amplio...”.
En la escuela, por ejemplo, se observa una menor afluencia de alumnos a la cantina escolar, un lugar que amalgama enseñanza y socialización. El motivo es doble. Por un lado, económico, porque cuesta menos preparar un almuerzo en casa y llevarlo en un tupperware al centro escolar. Por otro, es cultural, pues la cantina escolar no ofrece almuerzos halal. A esto se suma que la ley sobre signos religiosos en espacios públicos –aceptada pero incomprendida– no viene acompañada por las demás normas previstas, como el respeto de las festividades no cristianas o el estudio de las lenguas de origen.
Además, si el halal se ha convertido en una marca comunitaria, lo ha hecho sobre todo como reacción imitadora del kasher, es decir la alimentación sagrada judía. “A través de la investigación, los judíos han aparecido como una minoría que ha sabido imponer su especificidad, de la cual obtiene la fuerza, el miedo y el respeto que genera, a pesar de su reducido número de creyentes”, dice Kepel.
Algunas cifras del informe:
Tasa de desempleo:
Clichy-sous-Bois: 22,7%
Montfermeil: 17,5%
Ile de France (región parisina): 11%
Porcentaje de familias que no disponen de una renta mínima de subsistencia:
Clichy-sous-Bois: 61,30%
Montfermeil: 45,40%
Ile de France: 33,60%
Porcentaje de población de nacionalidad extranjera:
Clichy-sous-Bois: 33%
Montfermeil: 20%
Ile de France: 12,4%
Porcentaje de menores de dad con padre o madre nacido en el extranjero:
Clichy-sous-Bois: 76%
Montfermeil: 50%
Ile de France: 16,9%
(Para descargar la investigación completa, hacer clic aquí…)
Francesca Barca
Europa451.















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