


Rasmussen, escenificando la división en el PSE, sin embargo estima que “Barroso no ha pasado el test” tras la audiencia a puerta cerrada entre el presidente saliente y los eurodiputados socialistas. La delegación socialista española y portuguesa han anunciado su apoyo a Barroso por “solidaridad ibérica”, mientras que los socialistas británicos, italianos y franceses se opondrán a su reelección. Los alemanes, que dependen de Martin Schulz, esperan a que su jefe logre la promesa de Barroso de apoyar a un socialista como futuro Alto Representante de Asuntos Exteriores, el sucesor de Javier Solana.


Las famosas orientaciones son un refrito de iniciativas evaporadas durante su primer mandato, que además no hubiera sido publicado de no insistir los patrones de los grupos socialista, liberal, ecologista y comunista antes de darle su apoyo. Los Verdes, Izquierda Unitaria Europea y parte de los nacionalistas de Independencia y Democracia de momento no le darán su apoyo. Nigel Farage, presidente de estos últimos, no se anda con rodeos y asegura a este medio que el documento de Barroso es “un odioso manifiesto megalómano para la destrucción de la democracia en los Estados cliente de la Unión”, anunciando una oposición rabiosa durante otros cinco años.
“Prefiero y preferiré siempre las realizaciones concretas a los discursos vacíos” se atreve a entonar Durão Barroso antes de desgranar su lista de intenciones para el quinquenio 2009-2014. Nadie lo diría y para muestra un botón: “Hay que mantener el plan de reactivación”, afirma el conservador por un lado, al tiempo que añade unas páginas más abajo que “es necesario corregir los déficits excesivos”.
En su documento presentado en francés –a los angloparlantes ya los tiene de su lado- Barroso establece dos puntos de partida en su plan de gobierno. Por un lado, da por hecho haber consolidado la Europa de los 27, obviando que el presupuesto para la solidaridad comunitaria no ha aumentado, que entre los nuevos socios no deja de crecer el euroescepticismo y el bloqueo a la construcción y que sigue habiendo una brecha económica y política abismal entre el este y el oeste de Europa. Por otro lado, repite a menudo que sus objetivos serán llevados a cabo con la ayuda “de la probable ratificación del Tratado de Lisboa”. Frágil premisa: no le había dado tiempo a leer las nuevas encuestas que predicen que el Sí pierde terreno de cara al referendo en Irlanda del 2 de octubre.
Garantizar la seguridad energética, apoyar al pequeño comercio, consolidar la política europea de inmigración, estimular la formación continua, revisar la Agenda de Lisboa, alcanzar una tasa de empleo del 70% de la población, apoyar a la industria europea, reformar la Política Agrícola Común y relanzar la iniciativa de las autopistas del mar…, objetivos y recetas que no aportan gran novedad y que hasta ahora la Comisión presidida por Barroso no ha sabido llevar a cabo ni siquiera en la cresta de la bonanza económica. Todo, convenientemente aderezado con dosis de programa Erasmus, que parece ser la improbable varita mágica con la que resolver los problemas de imagen de la Comisión.
Es cierto que “seguir liderando la lucha contra el cambio climático y arbitrar nuevas reglas para el sistema financiero” son propuestas creíbles de cara al futuro inmediato, visto el acompañamiento que existe por parte de las potencias mundiales, pero de nuevo no componen un plan que pueda ilusionar a los europeos tras las elecciones más abstencionistas de la historia del Europarlamento (43% de participación).
En realidad, Barroso deja entrever una cierta preocupación por los objetivos no cumplidos. El más importante, el del mercado interior inaugurado en 1992 y sin realizaciones que llamen la atención del consumidor. “Quiero lanzar un análisis profundo de los eslabones que le han faltado al mercado interior para determinar por qué éste no ha producido todo su potencial”, anuncia.
Mercado 75, Social 39
Analizado con lupa el programa de Durão Barroso, es fácil intuir que de quien reclama más apoyo es de la derecha y los liberales, es decir los vencedores en las elecciones de junio de 2009 a pesar de la profunda crisis económica que atraviesa el planeta.
Frente a las 75 menciones al término “mercado” contenidas en su documento de orientaciones para ser reelegido de nuevo presidente de la Comisión, sólo introduce 39 veces la palabra “social”. Hay motivos para sorprenderse al leer los titulares de la prensa internacional que alaban, casi por unanimidad la presencia del factor social en el discurso del portugués.
Además, la palabra “seguridad” se menciona 19 veces, por delante de “Innovación” (18 veces), “medio ambiente” (14 veces) y una abandonada “familia” con sólo dos entradas en 49 páginas.
Fernando Navarro
Europa451










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