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Jean Claude Juncker (Foto, PE)
ANÁLISIS I Para muchos analistas, el nombramiento del portugués Vito Constancio como vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE) es la alfombra roja que necesita el alemán Alex Weber para suceder al francés Jean-Claude Trichet en la presidencia de esta entidad crucial para la economía europea. A menos que otro Jean-Claude, esta vez  Juncker, se oponga.

En nombre del equilibrio geográfico (una especie de “qué hay de lo mío” a la europea), los nombramientos a la cabeza de las instituciones europeas son más o menos previsibles. Por ejemplo, si un Portugués préside la Comisión, hay escasa probabilidad de que uno de sus compatriotas presidan el Europarlamento. Para el BCE, a pesar de su independencia teórica de los gobiernos, sucede lo mismo.

Soplar no significa tocar la flauta

En 2011, el Francés Jean-Claude Trichet abandonará sus funciones. El candidato favorito para sucederle es desde hace tiempo el alemán Alex Weber, actual presidente del Bundesbank. Su especialidad es la lucha contra la inflación, como todo buen economista alemán que se precie. Cuando a finales de febrero el portugués Vito Constancio fue nombrado vicepresidente de la institución monetaria europea, los pronósticos parecían fáciles: un hombre del sur en la vicepresidencia = un hombre del norte o del centro a su cabeza.

Salvo que cierta voz disonante ha venido a perturbar el concierto. El primer ministro luxemburgués, Jean-Claude Juncker, que también presiden el Eurogrupo, ha declarado en la radio Deutschlandfunk que "Alemania tendrá que batirse el cuero para obtener el puesto de presidente", al tiempo que denunciaba un cálculo "de pocas miras. (…) No abogaré por que Alemania obtenga sin pagar un precio la presidencia del BCE”. El mensaje está claro : Alemania tendrá que saber negociar.

¿Falso suspense o verdadera rrebelión?

Queda saber por qué Juncker ha lanzado semejante amenaza mientras la cancillería alemana se mantiene prudente, sin querer precipitar las cosas. Aunque algunos sólo vean una tentativa por conservar el suspense hasta el final, quizá se trate de otra cosa. Desde hace más de un año, Luxemburgo ha sido el aliado fiel de Alemania en el conjunto de los dosieres europeos.

Cuando en otoño de 2008, en plena crisis financiera, Francia propuso un plan europeo de reactivación de la economía, Juncker apoyó la propuesta alemana del cada uno por su lado. Un año más tarde, durante las negociaciones acerca del futuro  Presidente de la UE, Luxemburgo de nuevo disparó contra la candidatura de Tony Blair en nombre de Berlín. En el seno del Eurogrupo las posturas del elefante y el ratón son siempre coincidentes.

A cambio de estos apoyos, el veterano dirigente de la política luxemburguesa (gobierna el país desde 1995) espera obtener un puesto en las instituciones europeas. En concreto, el de Presidente del Consejo europeo. Como muestra un botón: poco antes de la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno europeos de noviembre de 2009 que designó a Herman Van Rompuy como Presidente, Juncker delegó sus funciones de ministro de finanzas a su delfín, Luc Frieden. Era para poder mudarse sin dificultad a Bruselas. Sin embargo, la oposición de Nicolas Sarkozy a la candidature de Jean-Claude Juncker y las pocas ganas de apoyarle de Angela Merkel acabaron con las ambiciones de este luxemburgués euroconvencido.

Para el Banco Central Europeo pasa algo similar. El candidato luxemburgués, Yves Mersch ha sido apartado de la vicepresidencia y en cambio todos hablan de un alemán para ocupar la presidencia de aquí a un año. Segundo revés en menos de un seis meses.

Habrá consecuencias

Juncker sigue presidiendo el Eurogrupo desde hace cinco años, pero aspiraba a más. Primero para sí mismo: a pesar de llevar 15 años gobernando sólo tiene 55 años y deseaba una segunda carrera en Bruselas. En segundo lugar, para su país, que no necesita probar su serio compromiso pro-europeo. El Gran Ducado era, antes de la crisis, uno de los pocos países en respetar los criterios de Maastricht.

El « Bokassa » luxemburgués –como le denominan algunos diarios locales- deja en el aire su intención. Nadie sabe qué quiere obtener mediante su presión.  

Juncker no puede ahora volverse hacia Francia, pues se lleva bastante mal con Sarkozy y las prácticas económicas de estos dos vecinos son diametralmente opuestas. En cuanto al Benelux, entre unos Países Bajos sin gobierno y una Bélgica minada por años de crisis políticas y querellas lingüísticas, se ha debilitado. Pocas alternativas para las ambiciones de Luxemburgo.

Jean-Sébastien Lefebvre
Europa451

 


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