En efecto, cada año, alrededor de 1.200 recién licenciados de la UE y de países terceros optan, tras someterse a un trabajoso proceso de selección, a incorporarse a sendos puestos de becario en prácticas oficiales en las instituciones europeas de Bruselas y Luxemburgo. Durante un máximo de 5 meses, estos becarios reciben una remuneración en torno a los 1.100 euros, incluido el seguro social y el de accidetes, a lo que hay que añadir el reembolso de su desplazamiento de y a su país de origen.
De manera residual y excepcional, alguna dirección general de la Comisión acoge a algún becario gratuito que lo solicite. Esta gratuidad, no obstante, puede convertirse en norma si nos salimos de las fronteras de la Unión. En las delegaciones del Servicio Exterior Europeo, puede haber hasta dos becarios remunerados y un número indefinido de no remunerados siempre que se respeten las normas locales al respecto de prácticas profesionales, que suelen ser más laxas que en el seno de la Unión. Es más, las prácticas no-remuneradas pueden durar más que las remuneradas: seis meses.
No sólo esta posibilidad apunta a una posible discriminación entre becarios, sino que muestra un Servicio Exterior Europeo frágil, necesitado de medios humanos que no puede procurarse pagando. Algunos expertos tachan a este servicio diplomático de “ejército mejicano”, con muchos generales y poca tropa. Si comparamos con Alemania, la diplomacia del Estado germano cuenta con 16.200 colaboradores dirigidos por 34 altos funcionarios que cobran 11.000 euros mensuales, mientras que en el servicio europeo 50 altos mandos con un sueldo mensual de 14.000 euros organizan la tarea de apenas 3.700 trabajadores.
Europa necesita sin duda una diplomacia propia y leal a los intereses comunes de los europeos, pero su diplomacia nace con los mismos defectos que provocan la indignación y la desconfianza en cada vez más generaciones de ciudadnos europeos.
Europa451














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