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A Islandia le pone aislarse (F. Márius Montón/Flickr)
SONDEO I La UE está empeñada en acelerar la adhesión de Islandia. Sin embargo, tras el referendo que la semana pasada rechazó con un 90% de islandeses el plan fiscal del gobierno para saldar las deudas contraídas con otros estados de la Unión, queda patente que los islandeses no quieren comprometerse con la construcción europea.

Nadie ve claro qué ve claro la Comisión europea para ser tan poco exigente con Islandia. Cuando dentro de un año se celebre un eventual referendo en Islandia sobre una definitiva adhesión de esta isla a la UE, el rechazo será masivo. La Unión hace como que no lo ve, con el riesgo de que al final del camino todo se interprete como un fracaso de Europa. La política de adhesiones de la Unión europea lleva años siendo errática e incoherente y los casos de Bulgaria, Rumanía, Turquía, Chipre o Islandia son ejemplarizantes. Haría falta que la Unión explicara mejor por qué un país es bienvenido en la UE, de lo contrario, el riesgo de rechazo dentro y fuera de la UE es muy alto y actúa como un factor depresivo para la propia construcción.

Fernando Navarro Sordo
Europa451

Fotos: Márius Montón
 
 
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Alexander Milinkievich (F. Parlamento europeo)
ENTREVISTA I Desde hace unos días se acumulan las malas noticias provenientes de Bielorrusia: represión contra los activistas de la minoría polca del país y nueva ley contra la libertad de expresión en Internet. En otoño de 2008, un miembro del equipo Europa451 entrevistó al líder de la oposición democrática bielorrusa, Alexander Milinkievich, en Varsovia. Inéditas hasta hoy, las declaraciones  de este Premio Sajarov siguen estando de actualidad.

Contexto de la entrevista: otoño de 2008, semanas después de las elecciones legislativas secuestradas por el Estado que no permitió que ni un solo diputado opositor lograra un escaño a pesar de su activa campaña.

Quienes se hacían ilusiones deben sentirse escocidos: la democratización de Bielorrusia sigue siendo una quimera. Los resultados de las últimas elecciones legislativas no dejan lugar a interpretaciones absurdas: el 100% de los escaños del Parlamento irán a parar a diputados fieles al presidente Alexander Lukachenko, en el poder desde 1994. Para la oposición no quedan ni las migajas.

Destruir el miedo

Consciente de la necesidad de una evolución progresiva, la UE sólo resalta tres exigencias: la liberación de los prisioneros políticos, una mayor libertad de prensa y la celebración de elecciones democráticas.

Para Alexander Milinkievich, líder de la oposición democrática, el balance de estas presiones es muy pobre. “En relación a la liberación de prisioneros, 2008 fue un buen año, pues ocho de ellos fueron sacados de las prisiones. En cambio, no se ha registrado progreso alguno en cuanto a la libertad de prensa y las pasadas elecciones han sido mera cosmética. Si el poder respetara las 12 condiciones establecidas por la Unión europea, entonces sería el fin del poder establecido….”

Aun así, este disidente se muestra optimista. “Estas elecciones nos han permitido recorrer el país y conocer a gente de todas partes, conversar con ellos, examinar su situación. Nos hemos servido de esta oportunidad para destruir el sentimiento de miedo presente en la población. Antes de las elecciones, un 30% de las personas pensaba que no eran democráticas. Hoy, el porcentaje alcanza el 60%.” A ojos de Milinkievich, una revolución naranja como la de Ucrania sólo será posible cuando el miedo desaparezca de la mente de la población. “Es menester que la gente ejerza de ciudadanos. Sólo entonces podremos destruir el poder establecido.”

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Palacio gubernamental en Minsk (F. JS Lefebvre)
¿Una OPA hostil sobre el país?

Lo que también preocupa a Milinkievich es la amenaza rusa que pesa sobre su país. “Mi país está en peligro. En dos años, Bielorrusia podría desaparecer por motivos económicos.”

Este temor fundado tiene poco eco en Europa. “Durante mucho tiempo, el Presidente de Bielorrusia ha hecho creer a Moscú que deseaba una Unión con Rusia. Este jugueteo le permitía gozar de unos precios del gas muy ventajosos para su población. Sólo que ahora el equipo del Kremlin ya ha comprendido que Lukachenko nunca aceptará una unión.”

En respuesta, Rusia ha aumentado el precio del gas que le vende a su vecino con creces, forzando así a Minsk a endeudarse por más de 5.000 millones de dólares. “Una deuda que aumentará, pues la economía bielorrusa no se ha modernizado y debemos importar gas a cualquier precio. El riesgo es que nuestro país pase a ser una especie de protectorado ruso.”

Esta situación explica hoy el acercamiento que trata de efectuar el régimen hacia la UE, en busca de un contrapoder a la influencia rusa en el país. “Si conseguimos modernizar la economía y acabar con la crisis económica, estos cambios podrán acarrear cambios políticos. No creo que las sanciones económicas contra Bielorrusia sean útiles. Antes más, pueden servir al régimen de coartada para la degradación de la situación económica y convertir la UE en un enemigo del pueblo bielorruso.”

Alexander Milinkievich aboga más bien por sanciones dirigidas contra los responsables del régimen. Medidas que “pueden reajustarse con facilidad según los avances o retrocesos en el proceso de democratización”.

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Milinkievich recibiendo el premio Sajarov por su lucha por la libertad, de manos de Josep Borrell (F, Parlamento Europeo)
Jean-Sébastien Lefebvre
Europa451

Visite nuestra galería de fotos “Minsk, una pinta muy negra”.
 
 
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El cartel robado en Auschwitz (F. Alflickr/Flickr)
ENFOQUE I Por fin ha sido detenido el autor intelectual del cartel de la entrada del campo de exterminio de Auschwitz. Se trata del militante neonazi sueco de 34 años, Anders Hogstrom, según la policía de dicho país. Ante las críticas por la gestión de espacio ocupado por el campo de Auschwitz, el polaco Jerzy Buzek, Presidente del Europarlamento, niega las tensiones que hubo entre Alemania y Polonia.

“Arbeit macht Frei.” El trabajo os hace libres, reza con inmoral cinismo la placa de hierro de entrada al campo de exterminio que los nazis construyeron a las afueras del poblado polaco de Oswieçim (Auschwitz). La habían mandado forjar de modo rudimentario a los propios prisioneros destinados a la cámara de gas entre 1940 y 1941. Fue robada en diciembre de 2009 por un grupo de vándalos neonazis, poniendo en solfa el sistema de seguridad de este centro de memoria histórica no sólo polaca sino europea.

Un mantenimiento incierto

El descubrimiento de los horrores del nazismo atizó los remordimientos de los europeos al término de la segunda guerra mundial. Centros como el campo de Auschwitz pueden hoy ser considerados como lugares fundacionales de la actual conciencia europea. No obstante, y a pesar de que su manutención y cuidado para conocimiento de las posteriores generaciones dejó que desear durante décadas, la Unión europea nunca ha solicitado para sí la gestión de un espacio memorial casi sacro que no pertenece en exclusiva al patrimonio histórico ni de Polonia ni de Alemania y que fue declarado patrimonio histórico de la Humanidad en 1979 por la UNESCO.

Los barracones, el cementerio, las pistas de trabajo y el museo del horror del campo de exterminio de Auschwitz se extienden sobre 200 hectáreas. Según Jarek Mansfelt, portavoz del museo, “no basta con aportar dinero” para que dentro de 20 años no desaparezca este templo de la memoria. No obstante, el primer ministro polaco, Donald Tusk, hace menos de un año estimó en 120 millones de euros las necesidades financieras para su mantenimiento en lo inmediato. Muchos de sus edificios de ladrillos están cerrados al público por su deterioro y peligrosidad de derrumbe. Otros campos de concentración ya han desparecido por la desidia de los gobiernos de Europa, como por ejemplo el de Westerbork, en Holanda, abandonado y arrasado en los años sesenta. Westerbork fue el primer campo en el que se confinó a Anna Frank.

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Westerbork es hoy un campo de radiotelescopios espaciales (F. Pieter Muesterd / Flickr)
Una financiación disputada

El gobierno polaco siempre ha solicitado ayuda financiera a los países de la UE, y en particular a Alemania, quien sin dejar de ayudar económicamente al sostenimiento del espacio, ha declarado que no puede aportar mayores cantidades de dinero de lo que ya aporta. Esta reacción se debe, según varias fuentes polacas consultadas, a que el gobierno polaco quiere que le ayuden sin por ello permitir que los demás países tengan derecho de palabra a la hora de decidir qué forma y qué contenidos darle al Museo del Horror y los demás espacios sorprendentemente monopolizados por las víctimas polacas y de religión judía, y gestionados desde un punto de vista bastante nacionalista a la vista de muchos visitantes consultados. En este campo fue asesinado un millón de personas. El 85% lo conformaban europeos de religión judía, el resto eran ciudadanos de etnia gitana, minusválidos y disidentes, por lo general comunistas.

Hemos preguntado sobre estas tensiones a Jerzy Buzek, flamante nuevo presidente del Parlamento europeo y ciudadano polaco. “Estoy en contra de la teoría de que hubiera un contencioso entre Polonia y Alemania a este respecto”, reacciona. Es cierto que en 1999 se puso en marcha un programa bilateral para proteger este sitio excepcional. Además, Buzek insiste en que trata de que Auschwitz “no sólo sea un lugar de conciencia europea, sino de responsabilidad por la protección de los derechos humanos en todo el mundo”. A finales de enero de 2010, Buzek acudió junto con 25 europarlamentarios a la celebración del 65º aniversario de la liberación de Auschwitz y se propone invitar a los 26 ministros de educación europeos no polacos “para que reflexionen sobre cómo comunicar el holocausto”. Para Buzek, Auschwitz supera el marco de Europa: “Por encima de todo esto existe la obligación de pronunciarse a favor de los derechos humanos en todo el planeta, también en países como China, Cuba, Rusia o Irán”.

Fernando Navarro Sordo
Europa451
 
 
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¿Otro brindis al sol de Berlusconi? (F. Ciupix / Flickr)
ENFOQUE I “Mi mayor sueño es que Israel sea miembro de la Unión”, acaba de declarar el primer ministro conservador Berlusconi. Se trata de una declaración, nuevamente fuera de tono de este mandatario, con la intención inconfesa de hacer negocios con Israel a cambio de avalar al gobierno ultraconservador de Netanyahu, muy desacreditado a nivel internacional debido a su política de acoso a los palestinos.

Y es que Berlusconi ni se preocupa por los intereses de Israel ni por los de la Unión Europea, sino por los de una Italia que necesita con urgencia retomar la vía de la exportación para salir de la crisis que atraviesa desde hace 15 años.

Silvio Berlusconi debe medir más los efectos de sus declaraciones en el ámbito europeo. Ya existe el comisario europeo de Ampliación y una responsable de Asuntos Exteriores –el fantasma de Lady Ashton- para tratar estos asuntos y no crear entuertos diplomáticos o generar falsas expectativas. Además, Turquía, eterno aspirante a adherirse a la UE, siente que su caso debe ser tratado con prioridad y ha renovado esta semana –en boca de su primer ministro Erdogan- su compromiso histórico por pertenecer a la UE “aunque le dé miedo a Francia y Alemania porque puedan perder peso dentro de la Unión”, explicaba Erdogan. Más aún si cabe por cuanto Turquía, tradicional aliado de Israel en Oriente Próximo, se ha distanciado del gobierno israelí en los últimos meses por un asunto de agravio al embajador turco en Tel Aviv.

Fernando Navarro Sordo
Europa451

 
 
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Margaret Thatcher (foreign Office)
ENFOQUE I Hace 20 años cayó el muro de Berlín, símbolo de la guerra fría entre el bloque capitalista y el soviético. También fue el cinturón de castidad contra la reunificación alemana, contra la que también se manifestaron los líderes occidentales como Mitterrand, Andreotti o Thatcher.

“Yo le tengo tanto aprecio a Alemania que prefiero que sean dos a que sea sólo una”, llegó a decir la entonces primer ministro conservadora británica Margaret Thatcher.

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Helmut Kohl (archivo federal alemán)
En 1989, el canciller de Alemania Federal, el democristiano Helmut Kohl, expresó su deseo de que las dos Alemanias fueran una sola lo antes posible tras la caída del Muro. En cambio, ni siquiera el dirigente de Italia, Giulio Andreotti, país que se había aliado a su vecino nórdico por dos veces en aventuras bélicas durante el siglo XX, se fiaba de la molécula que podía resultar de una nueva unificación alemana, temiendo un “resurgimiento del pangermanismo”.

No era el único de los miembros de la Unión europea que desconfiaba de una sola Alemania grande y libre. El presidente socialista de Francia, François Mitterrand, a pesar de hacerse fotitos con Kohl cogidos de la mano en conmemoraciones lacrimógenas a la vista de la prensa e internacional, expresaba una y otra vez que “la cuestión de las fronteras alemanas no está entre las prioridades”. Hay que recordar, que Francia había sido, durante el siglo pasado, el pagano sistemático de las galopadas guerreras de su vecino teutón y aún existía una generación de veteranos galos que manifestaba cada día su rechazo a la amistad franco-germana en el seno de Europa.

Incluso a la primera ministra británica conservadora Margaret Thatcher, ya en el ocaso de su carrera política, le rechinaban los dientes ante la posibilidad de que Alemania recuperara el vigor nacionalista que tantos problemas había causado en años pasados. Llegó incluso a sugerirle a Gorbachov que la URSS evitara o retrasara la reunificación alemana. Aunque lo que de verdad temía la dama de hierro era por un lado el potencial económico alemán que eclipsara el proyecto liberal hegemónico que el Reino Unido deseaba liderar en una Europa encaminada hacia el Tratado de Maastricht, el mercado único, la moneda única y el riesgo de tener que aumentar el presupuesto de la Unión europea destinado a la solidaridad entre países y territorios.

Unos aliados con intereses que negociar

En cierta medida, Thatcher tenía Razón. Apenas un año más tarde de la caída del muro, Alemania ya estaba reunificada y lo más significativo de esta operación histórica era la enorme factura que había que pagar para financiar las cicatrización del desplome económica de los seis nuevos  estados del este federados a la Alemania del oeste.

En medio de la desconfianza de los “grandes” de la Unión, de la descomposición de la Unión soviética y la perestroika del defenestrado Mijaíl Gorbachov, Helmut Kohl tuvo que buscar aliados para avalar e impulsar una rápida unificación.

Kohl los halló por un lado en el trío de Estados fundadores de la UE agrupados en el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), en el Presidente republicano de los Estados Unidos George Bush padre y en el país que necesitaba más que nadie incluir en el Tratado de Maastricht una política de redistribución de riquezas a nivel europeo para poder competir en el futuro mercado único reforzado: la España del socialista Felipe González. Éste último negoció su apoyo a la unificación y a la instalación de un sistema de misiles en Alemania para defenderse del riesgo soviético a cambio de que Alemania no sólo se costeara gran parte de la unificación sino también de los Fondos de Cohesión que González, el entonces presidente de la Comisión europea Delors y el presidente portugués Soares –todos socialistas- defendían para la nueva UE.

Con los años ha quedado demostrado que la unificación, lo que ha hecho ha sido retrasar la hegemonía económica de Alemania en Europa, mientras los nacionalismos han venido más bien del este europeo y de países como Reino Unido o Irlanda, obsesionados con defender su soberanía nacional frente al avance de la construcción europea con el actual Tratado de Lisboa. El presupuesto comunitario sigue retenido en el 1% del PIB de la Unión y después de todo es en Italia donde realmente existen dos Italias. Será por lo simpáticos que son.

Fernando Navarro Sordo
Europa451

 
 
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Metro de Budapest (foto, Gilderic / Flickr)
La crisis económica se ceba con Hungría  Eliminado pone al descubierto las dificultades de un país cuya historia reciente se ha vuelto correosa. Su sociedad polarizada se asoma al abismo de la depresión y sólo su juventud noctámbula y desacomplejada parece aportar notas de optimismo y creatividad al corazón de un país aislado.

Son las ocho de la mañana de un día laborable en Budapest. Todo son miradas esquivas y ojerosas en los vagones atestados de la línea 3 del suburbano que nos conduce hacia Déak Ter, el centro neurálgico y cosmopolita de esta urbe de dos millones de habitantes de esplendor renqueante. Nadie pronuncia una palabra. Nadie sonríe, sarcástico, ante la lectura de algún titular de prensa insidioso o retrechero. No hay jóvenes. Sin aliento humano, cuesta apreciar el desnudo minimalismo retro de las viejas cabinas de metro heredadas de la era comunista. Bolsos de rejilla y café agrio para unos carrozas con salarios congelados en tierra de nadie, con trabajos de hoy y alma de ayer. Unos ciudadanos difíciles de nombrar… ¿Budapenses?, ¿Budapestenses?..., no: Aquincenses. Que es como decir urbanitas sin nombre en un mundo en el que nadie se detendrá a horadar en las tinieblas de su pasado romano.
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En el metro de Budapest ( Foto, Loungeries / Flickr)
Son las ocho de la mañana de un día laborable en Budapest. Todo son miradas esquivas y ojerosas en los vagones atestados de la línea 3 del suburbano que nos conduce hacia Déak Ter, el centro neurálgico y cosmopolita de esta urbe de dos millones de habitantes de esplendor renqueante. Nadie pronuncia una palabra. Nadie sonríe, sarcástico, ante la lectura de algún titular de prensa insidioso o retrechero. No hay jóvenes. Sin aliento humano, cuesta apreciar el desnudo minimalismo retro de las viejas cabinas de metro heredadas de la era comunista. Bolsos de rejilla y café agrio para unos carrozas con salarios congelados en tierra de nadie, con trabajos de hoy y alma de ayer. Unos ciudadanos difíciles de nombrar… ¿Budapenses?, ¿Budapestenses?..., no: Aquincenses. Que es como decir urbanitas sin nombre en un mundo en el que nadie se detendrá a horadar en las tinieblas de su pasado romano.

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(Foto, adesigna / Flickr)
Descolgado del pelotón de cola

“Esta crisis no es para tanto”, nos lanza en un inglés rudo la dependienta de una confitería a la que le comentamos sus elevados precios. “¡Nosotros sí que tuvimos una gorda en los noventa!”, aclara refiriéndose al paso de la economía comunista a la capitalista. Pero crisis sí que hay, y cierto estancamiento también; el nacionalismo que impregna esta sociedad echa el freno a las lamentaciones ante los extranjeros. Según datos del Instituto europeo CEPS, en 1997 Eslovaquia y Hungría poseían un Producto Interior Bruto (PIB) igual al 51% del PIB medio de la UE. Hoy, Eslovaquia ha alcanzado el 69%, mientras Hungría se ha quedado descolgada en el 61%. Chequia presenta un PIB igual al 81% del de la Unión y Eslovenia el 89%.

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Plaza Deak de Budapest (Foto, biglogiesmissus / Flickr)
Crispación  a la española

“Aquí no hay manera de hablar de economía o de arquitectura, o de lo que sea sin que te coloquen una etiqueta política”, se lamenta en su despacho de la céntrica Ráday Utca de Budapest  Andras Vértes, director del think tank económico GKI Economic Research, el más importante en su categoría en la zona de Europa central. “No hay margen para el compromiso, para el acuerdo, debido a la crispación entre los partidos, y es que la política húngara tiene mucho de teatro”, añade. Eliminado Vértes es tajante: “Cuando el Fídesz gane las elecciones, no tendrá otra solución que aprobar y aplicar las reformas que anatemiza”.

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Andras Vertes
La esperanza de los socialistas es que las reformas den sus frutos en el año que resta antes de las próximas elecciones parlamentarias de 2010, desactivando así el discurso del jefe de la oposición, Víktor Orban y la polarización política que tiene paralizado al país, una situación que recuerda demasiado la que vivió España entre 1993 y 1996 con Felipe González y Aznar como primeros espadas. En Hungría, sin embargo, el ex primer ministro socialista y empresario Gyurcsany ha escogido una estrategia diferente. Con su dimisión informal y la colocación al frente del Gobierno de su ministro de finanzas, Gordon Bajnai –un tecnócrata sin aspiraciones políticas dispuesto a meter la tijera en las cuentas públicas- se busca desvelar que el único capital político de los conservadores es el ataque al primer ministro cesante.

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El ex primer ministro Gyurcsany ( Foto, WEF)
La factura de la fiesta de la globalización

A la aseveración por parte de numerosos especialistas sobre el carácter “deprimido” del húngaro medio, se suman las cifras: mientras en 2008 el PIB húngaro creció cerca del 5%, para 2009 la Comisión europea había previsto un decrecimiento del 1,6%. “Nuestra previsión es aún más negra: decreceremos entre un 3% y un 4%”, aprieta Vértes. “El PIB húngaro decrecerá en 2009 un 6%”, rematan desde la agencia de notación Standard & Poors.

Ahora bien, en Hungría no ha habido burbuja inmobiliaria y la inflación se mantiene baja. Además, el sector bancario está sano y el problema de las hipotecas basura es cosa de otros países. ¿Qué provoca el parón en seco de su economía? Gergely Romsics, investigador del Instituto Húngaro de Asuntos Internacionales, nos da una primera pista: “Hungría empezó su transición económica antes que sus vecinos ex-comunistas, entre 1997 y 2006, abriendo mucho sus mercados a la inversión extranjera”. Vértes corrobora esta visión asimilando a su país con Irlanda. “Irlanda ha sido el país más abierto del mundo, un país muy implicado en la globalización”, explica este analista, “y por eso está sufriendo tanto”.

No es que ambos expertos acusen al librecambismo de los males de la crisis, sino que subrayan el exceso de dependencia que Hungría ha tenido hasta ahora de la inversión y los capitales extranjeros para alcanzar el ideal occidental de desarrollo. “Como los bancos más importantes son extranjeros”, advierte Vértes refiriéndose a Unicredit, KBC o Intesa Sanpaolo, “en el instante en que los países de origen de estos bancos han tenido problemas de liquidez debido al lodo de las hipotecas basura, se han llevado los capitales que mantenían en Hungría y no prestan a nadie”.

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G. Romsics
El sueño occidental y la deuda pública

Romsics apoya: “Ya en el año 2000, cuando gobernaban los conservadores del Fídesz, hubo un intento infructuoso de equilibrar las inversiones extranjeras con inversiones domésticas”. En 2002, con la llegada de los socialistas de Gyurcsany al gobierno, se quiso impulsar la inversión PPP: partenariados de capital público y privado, pero tampoco funcionó y el Estado tuvo que acometer por su cuenta las ingentes inversiones necesarias para modernizar el país. “Aquello disparó la demanda de capital extranjero y el aumento de la deuda pública que lastra al país”, concluye Andras Vértes. La deuda pública pasó del 53% del PIB en 2001 al 65% en 2006.

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silueta de la gran Hungría (Foto, Dianalili / Flickr)
“En cuanto al patrón de consumo, Hungría ha querido imitar a los occidentales. No tanto en cantidad, porque Hungría no está viviendo por encima de sus posibilidades, sino en estructura de consumo: casa propia, hipotecas en Francos Suizos y Yenes, coche propio…”, sostiene la joven Judit Járádi, recién casada y estrenando el piso que ha comprado junto a su marido en el distrito 13 de la ciudad. Las familias que no se habían endeudado no tienen problema, pero las que lo han hecho en divisa extranjera no alcanzan a pagar la hipoteca, pues el Forint húngaro ha perdido más de un tercio de su valor en lo que va de crisis debido a que los capitales extranjeros se marchan. Vértes lo explica de la siguiente manera: “Hungría tiene una enorme deuda externa también porque los Estados de la zona Euro garantizaron los depósitos de sus bancos en dificultades y eso provocó más fuga de capitales del centro y este de Europa hacia las potencias occidentales, pues en los primeros el Estado no puede permitirse el lujo de garantizar los depósitos”.

La dependencia histórica de los capitales extranjeros es fácil de entender y además no tiene alternativa posible. Hungría es un país que sale de un régimen comunista que duró 41 años y en el que “no había una acumulación individual de capital considerable”, explica Romsics, “con lo que es difícil invertir en la creación de empresas o pequeños negocios familiares”. Esto es lo que también hace que la gente esté acostumbrada a vivir al día y no se vuelva histérica con la crisis, al contrario que en otros países europeos.

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Piotr Kaczynski
Reconversión cero

Desde CEPS, en Bruselas, el investigador polaco Piotr Kaczyński cambia el enfoque y estima que Hungría ha sido siempre “un país hiperindustrializado con necesidad de apostar más por los servicios”. Sin embargo Vértes y Romsics replican al unísono. “Hungría ha renovado por completo su industria desde la caída del telón de acero. Ahora, junto con Estonia, es el líder europeo en producción de móviles. Además, Hungría produce bienes manufacturados como ordenadores y maquinaria industrial. En cuanto a los servicios, desde 2004 se ha desarrollado el sector logístico mucho y los call centers gracias a las enormes infraestructuras que tanto han mejorado en los últimos 4 años.” Vértes reclama más bien una reducción del gasto público y advierte contra el riesgo de populismos, proteccionismos y paternalismos en su país.

El país más aislado de la Unión Europea

“Somos un país rodeado de enemigos que se las tiene que aviar solo”, expone con una mezcla de resignación y orgullo el rubio Janos, un joven de porte atlético que gestiona un restaurante de tradición húngara en lo alto de la colina de Buda, desde la que apostarse a contemplar los brumosos atardeceres sobre la capital de este antiguo imperio. Su sentir es compartido por cualquier ciudadano de a pie al que se consulte, sea cual sea su extracción social o su opinión política. Los húngaros exhiben, cada uno a su manera según su grado de pudor, un sentimiento nacionalista sincero y una cierta nostalgia por la “Gran Hungría” de hace décadas.

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Museo Terror House de Budapest (foto, andjohan / Flickr)
Basta entrar a la lacrimógena Casa del Terror, en el centro de la histórica Avenida Andrassy de Budapest, para confirmar esta impresión. Este museo inaugurado en 2002 está dedicado a revisitar el horror de las dos invasiones sufridas por Hungría a lo largo del siglo XX, la de los nazis y la de los soviéticos. El caso es que la primera planta de su recorrido está toda dedicada a explicar todo el territorio húngaro que se han comido los vecinos europeos a lo largo de los últimos cien años. Austria, Eslovenia, Rusia, Rumanía, Serbia, Eslovaquia…, ¡no se libra nadie del sentimiento de agravio de los húngaros!, lo cual dificulta una cooperación con sus compañeros de vicisitudes soviéticas. Polonia, Chequia y demás recelan de un país que a la mínima de cambio pone exigencias encima de la mesa acerca de las minorías húngaras en esos países. “El hecho de haber sido el centro de un imperio genera toda clase de desconfianzas aún entre sus vecinos”, añade Gergely Romsics.

Este problema se puso de manifiesto mejor que nunca hace un mes y medio, cuando el Gobierno solicitó de la UE un plan de ayuda económica para los países del antiguo bloque del Este valorado en 600.000 millones de euros. Ninguno de los países de dicho bloque apoyó la propuesta y la UE desoyó la súplica húngara. “Los nuevos Estados miembro de la UE no cooperan entre sí”, se lamenta Vértes, “practican una ley de la jungla sin complejos en la que todos se aprovechan de la caída en desgracia de uno de ellos”. La imagen de Hungría en los mercados financieros es muy mala y por oposición sus vecinos quieren sacar rédito de ello. El hecho de que Hungría sea percibida como una economía enferma fortalece a sus vecinos y la hunde más.

“Lo único que nos queda son los fondos europeos, pero es que hasta para eso tenemos que competir con todos los países del bloque del este”, resume Romsics. Es más, Hungría y sus vecinos compiten en los mismos sectores económicos, por lo que la cooperación es más que improbable en el futuro.

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Concierto en Gödör ( Foto, Macskapocs / Flickr)
Un agujero para salir del agujero

Nos tomamos una copa nocturna en Gödör, que significa “agujero” en idioma magyar. Se trata de un enorme socavón cubierto en mitad de Déak Ter: el basamento abandonado del que tenía que haber sido el teatro nacional de la ópera más grande de Europa, un proyecto desechado por los socialistas a su llegada al poder en 2002 y hoy reconvertido en sala de conciertos, exposiciones y bares descomunales al estilo Expo de Lisboa.

Como si del Doctor Jeckyll y Míster Hyde se tratara, cuando cae la noche, Budapest se trasviste en cuestión de media hora con el ropaje de gritos, maquillaje y desenvoltura de una juventud sana, hacendosa y agazapada por el día en las universidades. Donde durante el día sólo hay fantasmas del pasado y pequeños comercios de aspecto desvaído, se escenifica un salto generacional de gigante mediante el que una juventud desacomplejada busca en la modernidad creativa y el reciclaje sus notas distintivas.

A Budapest la suelen colocar en la tríada de las tres B junto a Berlín y Barcelona, los últimos gritos en tendencias de urbanitas europeos. Sin embargo, la juventud de Budapest crea, recrea y se divierte sin la impostura esnob de ciertos ambientes de la capital catalana ni la indolencia trendy de los berlineses.

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Instant, un kert de Budapest (Foto, Indamood / Flickr)
El sello de autenticidad aquí lo ponen por un lado los Tánchaz, esas salas improvisadas e itinerantes de baile tradicionales por parejas recuperados por los jóvenes, como pueden ser las sevillanas en España. Por otro, los Kerts, es decir, casas de vecinos laberínticas alrededor de patios interiores consagrados a exposiciones, performances artísticas, conciertos simultáneos, tiendas de ropa o bares mezclados que compiten entre sí por llevarse cada noche a lo más florido de los trapitos que los nuevos diseñadores locales componen para sus efebos y la tropa híbrida de capitalinos y gentes venidas de las zonas rurales a probar suerte en el París del este. “¿El mejor indicio de un futuro prometedor para Hungría?”, nos comenta nuestro fixer sobre el terreno, “la cantidad de restaurantes regentados por jóvenes y la riqueza de la gastronomía nacional. Un evangelio inapelable que merecerá un reportaje aparte en futuras visitas.

Fernando Navarro
Europa451

 

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